
París, año 1115. Las calles eran estrechas, húmedas y ruidosas, pero en medio de esa ciudad todavía medieval empezaba a surgir algo nuevo: el conocimiento como poder . Ningún hombre representaba mejor ese cambio que Pierre Abelardo .
Las crónicas de la época describen a Abelardo como un hombre atractivo, de presencia imponente y enorme carisma personal. No era solamente un intelectual brillante . Tenía facilidad para cautivar auditorios enteros y disfrutaba de la admiración que despertaba. Era ambicioso, orgulloso, provocador y consciente de su propia genialidad. Sus enemigos lo consideraban arrogante; sus alumnos, fascinante .
Tenía alrededor de 36 años y era una celebridad. Filósofo, teólogo, polemista, daba clases frente a multitudes de estudiantes cautivados por su inteligencia suprema y su capacidad para discutir cualquier idea. Era admirado, provocador y seguro de sí mismo . Algunos lo consideraban el hombre más brillante de Francia. Otros, el más arrogante.
Antes incluso de conocer a Eloísa, los debates de Abelardo ya atraían estudiantes de toda Europa y sus escritos perturbaban el pensamiento medieval. Su obra más famosa, Sic et Non (“Sí y No”), proponía algo revolucionario para la época: analizar las contradicciones presentes en los textos de autoridad y utilizar la razón para examinarlas. Era una figura admirada y también temida . Tenía la costumbre de desafiar a otros pensadores y disfrutaba de las controversias intelectuales. Cuanto más discutían sus ideas, más popular se volvía.
Entonces apareció Eloísa . Tenía 17 años y vivía bajo la tutela de su tío, el canónigo Fulberto, en París. No era una joven común. Sabía latín, griego y hebreo, algo excepcional incluso para muchísimos hombres de su tiempo. Leía filosofía, escribía con una lucidez fuera de lo normal y tenía fama de poseer una inteligencia extraordinaria .
Eloísa poseía una belleza que muchos contemporáneos destacaron, pero lo que realmente la volvía excepcional era su intelecto . En una época en la que la educación femenina era casi inexistente, dominaba varias lenguas clásicas y discutía de filosofía con la misma soltura que los eruditos más respetados de París. Era apasionada, independiente y moderna para su tiempo.
Cuando Abelardo oyó hablar de ella quedó intrigado. Más tarde escribiría, con una sinceridad brutal, que no solo la admiró por su talento: también la deseó . Y decidió acercarse.
Usó su prestigio para instalarse en la casa de Fulberto con la excusa de convertirse en el tutor privado de Eloísa . El tío, orgulloso de que el filósofo más ilustre de París educara a su sobrina, aceptó encantado. Nunca imaginó lo que estaba por ocurrir dentro de esas paredes.
Abelardo y Eloísa pasaban horas estudiando juntos. Los libros se mezclaron rápido con la atracción . Él era brillante y seductor. Ella, intensísima, culta y apasionada. Muy pronto comenzaron una relación secreta. Años después, Abelardo admitiría que durante las clases “ las manos volvían más seguido al pecho de la muchacha que a los libros ”.
Lo que estaba ocurriendo era mucho más peligroso de lo que parece hoy. Abelardo formaba parte del mundo eclesiástico y estaba destinado a una carrera religiosa donde se esperaba castidad absoluta. Su romance con una alumna ya era escandaloso . Que además mantuviera relaciones sexuales con ella y terminara convirtiéndose en padre era una afrenta enorme para las normas de la Iglesia medieval. Si la historia salía a la luz, no sólo podía perder prestigio. También podía destruir para siempre su carrera .
El romance se volvió avasallante. Se encontraban a escondidas, escribían cartas, aprovechaban cualquier momento para estar juntos . Pero en una sociedad dominada por la Iglesia, aquello era peligrosísimo. Sin embargo, el deseo terminó siendo más fuerte que el miedo.
Eloísa quedó embarazada . Cuando descubrieron la situación, Abelardo decidió llevársela a escondidas a Bretaña, donde ella dio a luz a un hijo al que llamaron Astrolabio, un nombre tan extraño y erudito como ellos mismos.
Pero el escándalo ya era imposible de contener. Fulberto se sentía humillado. Exigía reparación. Entonces Abelardo propuso casarse con Eloísa, aunque en secreto , para proteger su carrera académica y religiosa.
Y ahí ocurrió algo inesperado. La propia Eloísa se opuso al matrimonio . Ella lo amaba con desesperación, pero sostenía que casarse podía destruir el futuro intelectual de Abelardo. Decía que el matrimonio convertiría un amor maravilloso en una obligación vulgar. Incluso escribió que prefería ser llamada “su amante” antes que “su esposa” .
Aun así, terminaron casándose en secreto . Pero nada mejoró. Fulberto comenzó a divulgar la noticia y Eloísa, para proteger a Abelardo, negaba públicamente estar casada. El tío interpretó aquello como una traición y creyó que el filósofo quería abandonar a su sobrina después de haberla seducido.
La furia empezó a crecer. Temiendo por su seguridad, Abelardo envió a Eloísa a un convento en Argenteuil , aunque sin que tomara los hábitos religiosos. Pero para Fulberto aquello fue la confirmación definitiva de que querían deshacerse de ella. Entonces decidió vengarse.
Una noche de 1117, mientras Abelardo dormía en su habitación, un grupo de hombres enviados por Fulberto entró en la casa y lo atacó brutalmente . Lo castraron.
La noticia recorrió París como un incendio. Para un hombre medieval aquello no era solo una mutilación física: era una destrucción pública, moral y simbólica . Abelardo quedó devastado por la vergüenza. Ya no soportaba mostrarse frente a sus alumnos ni frente al mundo.
Entonces tomó una decisión radical: se hizo monje . Y le pidió a Eloísa que también ingresara a la vida religiosa. Ella obedeció. Pero nunca dejó de sufrir.
Durante años permanecieron separados físicamente , viviendo en monasterios distintos. Sin embargo, el vínculo entre ellos siguió vivo a través de las cartas que comenzaron a escribirse tiempo después y que terminarían convirtiéndose en uno de los testimonios amorosos más intensos de la historia occidental.
En esas cartas no había idealización piadosa ni resignación santa. Había deseo, reproches y nostalgia .
Eloísa le confesaba que seguía pensando en él incluso durante las oraciones . Que los recuerdos de sus encuentros amorosos la perseguían dentro del convento. Que nunca había querido convertirse en religiosa. “Dios sabe”, escribió, “que si Augusto, emperador del mundo entero, me considerara digna del honor del matrimonio y me ofreciera poseer la tierra entera para siempre, me parecería más querido y honorable ser llamada tu prostituta que emperatriz”.
Abelardo, en cambio, intentaba transformar aquella pasión en una relación espiritual , más cercana a la fe que al cuerpo. Pero tampoco lograba desprenderse del pasado.
Seguían unidos por algo que ni la Iglesia, ni el dolor, ni la distancia habían conseguido destruir.
Paradójicamente, aquello que terminaría volviéndolos inmortales no fueron las clases de Abelardo ni sus tratados filosóficos. Fueron las cartas que intercambiaron durante años . En ellas quedaron registrados el deseo, la culpa, la nostalgia y el amor de dos personas que seguían sintiéndose profundamente unidas aun cuando ya no podían compartir una vida juntos. Siglos después, esa correspondencia seguiría siendo considerada una de las historias de amor más conmovedoras jamás escritas .
Con los años, Eloísa se convirtió en una abadesa respetada y una mujer admirada por su inteligencia. Abelardo continuó escribiendo y enseñando, aunque siempre perseguido por conflictos religiosos y acusaciones de herejía.
Nunca volvieron a vivir juntos . Abelardo murió en 1142, a los 63 años. Cuando Eloísa recibió la noticia quedó devastada. Logró que trasladaran el cuerpo de él al monasterio del Paraclet, donde ella vivía. Más de 20 años después, cuando murió a los 63 años, fue enterrada junto a él .
La leyenda dice que cuando colocaron el cuerpo de Eloísa en la tumba, los brazos de Abelardo se abrieron para recibirla .
Quizás nunca ocurrió. Pero la historia necesitaba creerlo. Porque pocas veces un amor sobrevivió de manera tan feroz al escándalo, la culpa, la violencia, el tiempo y hasta la propia destrucción de los cuerpos.
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Amores Verdaderos es una serie de historias reales, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas.
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Fuente:
TN
GENERAL JUAN MADARIAGA El Tiempo

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