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El rotundo cambio de vida del mago Jansenson y por qué su romance con Paula Robles fue algo inesperado


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Aprendió que la vida es una aventura y también que es mágica. Norberto Jansenson se lo tomó a pecho y nunca soltó esa idea. Quizá por eso se hizo mago, trabajó animando fiestas, cumpleaños y eventos; pasó por la televisión y el teatro, y ahora cumple el sueño de recorrer el mundo en cruceros haciendo lo que más le gusta. Hoy su vida cabe en dos valijas de 23 kilos . El 26, 27 y 28 de junio presenta su nuevo espectáculo, Recovecos , en el Paseo La Plaza y festeja sus 40 años con la magia.

En diálogo con LA NACION desde Tulum, donde vive su hermano, el mago Jansenson habló de sus inicios, de cómo fue creciendo esa pasión y también de las oportunidades que tuvo. Además, contó sobre su relación con su mentor René Lavand y cómo fue su último encuentro. Y, por primera vez, se esplayó sobre su romance más mediático con Paula Robles.

Jansenson llegará a Buenos Aires unos días antes del show para coordinar y ultimar temas de producción: “Es un preestreno, como la pretemporada de un equipo de fútbol antes de empezar el Mundial. Son partidos en serio, uno se prepara con la máxima responsabilidad, pero todavía no es el Mundial. Este espectáculo todavía necesita un poquito más de trabajo para poder presentarse en una sala más grande, pero ya en 2027. Sin embargo, antes quería compartir algo del show con la gente”.

—Querías ponerlo en la cancha, digamos...

—Sí, siento que ya está listo. Un espectáculo de magia, a diferencia de otras disciplinas artísticas, requiere del público porque si no, ni siquiera existe. Si alguien vuelve a ver este espectáculo en 2027, cuando se estrene oficialmente, va a decir: “Ah, pero esto no se parece a lo que yo vi”. Lo habrá visto en su primera versión, con la transformación y el proceso del artista que, para mí, es más interesante que el producto terminado.

—Te quedás pocos días en la Argentina, ¿cómo sigue tu año?

—Me quedo una semana y me voy a Grecia, a un crucero. Y luego, casi sin parar hago Croacia, Montenegro, Eslovenia, Islandia, Japón, Alaska, Jamaica, la Polinesia Francesa y así hasta el 31 de diciembre; no tengo más huecos en la agenda.

—¿Cuánto hace que elegiste esta vida tan nómade?

—Dos años. Cuando trabajás en cruceros, hay un calendario online en el que ponés a dónde estás disponible, y mi disponibilidad está en diferentes lugares, dependiendo de las temporadas. Hay magos que se mueven cerca de su casa, pero en mi caso, quiero conocer el mundo, tengo una disponibilidad amplia y hago el verano europeo, la primavera de Asia y Alaska, el verano en el Caribe. Es como un rompecabezas.

—Dos valijas de 23 kilos, en realidad. Hace dos años hago la logística de armar mi vida en dos valijas, cosa que requiere de mucha inteligencia emocional y picardía porque necesitás ropa para cuatro temporadas: vas del verano más caluroso y húmedo de Tulum al frío más intenso de Alaska o la Antártida.

—Entonces tenés que estar preparado para todo eso y además estar bien vestido y con ropa para dos shows de 45 minutos en un teatro para mil personas y también necesitás algunas cositas de repuesto por si te encontrás con gente en un rincón del barco y les hacés algunos trucos... Y una corbata por si vas al Castillo Mágico de visita y las botas para el invierno, zapatos que sean para el agua por si está lloviendo. Todo eso tiene que caber en dos valijas. Es un momento de mi vida súper interesante porque, de alguna forma, es como reprogramar tu cotidianeidad todo el tiempo. Ahora vengo de Japón, donde estuve por primera vez y me tomé unos días para visitar Tokio antes de subirme al crucero y fue una experiencia alucinante, transformadora, única en donde la tentación de comprar cosas es permanente, pero yo no tengo lugar. Entonces, por cada cosa que compro se tiene que ir otra de la valija. Es una especie de compromiso que tengo conmigo mismo. Tengo un solo libro físico que llevo conmigo y no más.

- Obstinación , de Hermann Hesse. Es uno de mis escritores favoritos y no conocía ese libro, pero estuve en La Coruña, fui a una librería muy antigua y lo vi. Tiene un cuento que se llama La infancia del mago, que voy a compartir en el nuevo espectáculo y tiene que ver con cómo se divide nuestra vida cuando es inexorable el abandono de mucho de nuestra infancia para transformarnos en adultos exitosos y qué pasa en esa transición. Tengo ese libro físico porque estoy trabajando con ese texto, pero en mi tablet está mi biblioteca digital. Y en la casa de mi hermano hay una biblioteca de 15 metros de altura y 10 de ancho que yo curé, con más de dos mil libros míos que formaron parte de mi biblioteca toda la vida; y otros tantos están en un depósito chiquito en Buenos Aires. No puedo tener todo conmigo.

—Esto de no tener un lugar fijo no es fácil. Por ejemplo, cuando conozco a alguien se complica porque lo primero que preguntan las mujeres es si tenés tu casa propia y si sos libre financieramente. Les digo que no tengo casa y les explico, pero no les interesa. Es una decisión que afecta mucho.

—No tengo hijos y en este momento estoy sin pareja. Estoy solo entre comillas, porque estoy permanentemente rodeado de personas, conociendo gente de todo el mundo. A todos nos transmitieron, en algún momento, que la vida es una aventura, pero lo tomamos como una frase que se dice y se deja pasar, y la vida puede ser una aventura permanente. Armar y desarmar el equipaje es como armar y desarmar una casa porque ahí está el perfume de mi hogar. En un camarote o en una habitación de hotel saco mi ropa, mi sombrero y un mínimo adorno de mi ahijada que es una tortuguita de cerámica y la pongo arriba del escritorio o de la mesa de luz y ese es mi hogar.

—Es un gran desafío esta permanente aventura, ¿o no?

—Es un desafío y en algunos momentos un vértigo enorme, pero experimentar con todo eso es lo que me mantiene conectado conmigo y con el entorno; me alimento de las conexiones. Mi refugio está donde yo estoy.

—Entonces, alguna vez te dijeron que la vida es una aventura y que es mágica. ¿Cómo fue que no lo dejaste pasar e hiciste de eso tu oficio?

—Todos llegamos al mundo siendo magos y como decía René Lavand, mi maestro, después nos educan y nos dicen que la magia no existe y que no tenemos poderes y la dejamos de ejercer. Estoy agradecido a la negligencia o a la distracción o a la inteligencia emocional de mis padres que me permitieron seguir jugando a ser un mago y nunca me dijeron “tenés que abandonar esa idea”. Y seguí jugando hasta que a mis 15 años ya estaba haciendo shows en lo de un amiguito del colegio, un primo, o a mi familia después de comer. Y alguien un día me dijo que quería que hiciera magia en su cumpleaños.

—Sí, fue todo muy de a poquito, jugando y sin mucha conciencia de cuánto se estaba poniendo de serio, como creo que le pasa a infinitas personas en diferentes rubros. Y un día ya casi no hubo posibilidad de imaginarme una vida sin eso. Cuando me preguntaban qué quería hacer en el futuro, yo respondía que quería recorrer el mundo haciendo magia. Hoy cumplo ese sueño.

—¿Y cómo fue que un joven que hacía magia en el cumpleaños de un amigo se transformó en el mago Jansenson que se presenta en teatros y lo ven miles de personas?

—Fueron muchos pasos. El primero fue en 1994 cuando me reuní con mis colegas en el Club de los Magos, como cada semana para cambiar figuritas y contaron que habían ido a un casting de Disney porque buscaban contratar a seis magos. No contrataron a nadie y no los trataron bien. Un día, en un show privado, la anfitriona me presentó a una amiga que trabajaba para Disney y me dijo que le gustaría que me reuniera con Robert Sexton, uno de los más famosos capos de Disney, porque iban a abrir un parque temático que fue Disney Animation Festival y estuvo cuatro meses en la Rural. Fui un sábado, había otros ejecutivos, hice unos trucos de magia básicos y me contrataron ese mismo día. Por cuatro meses fui el telonero de Mickey y sus amigos [risas] porque hacía un show de 20 minutos para unas 3000 personas antes de que empezara el show de los personajes de Disney. Por primera vez en mi vida recibí un entrenamiento teatral real y fue el puntapié para que, dos años más tarde, trabajara en el Parque de la Costa, donde tuve un teatro para mí.

—Eso se dio más adelante en un restaurante donde trabajaba los miércoles haciendo trucos por las mesas. Se llamaba La Recova y todavía existe. Me pidieron que fuera a una mesa del fondo a hacer magia y estaban Valeria Mazza, su marido Alejandro Gravier, que en ese momento todavía era su novio, Pancho Dotto, Ricardo Piñeiro, Marina Wollman, Pappo Roca, Vicky Fariña. Quedaron encantados, pero no los vi más hasta que un 31 de diciembre me llevaron a Punta del Este para hacer un show para una familia que en ese momento tenía muchas empresas. En esa ciudad volví a encontrarme con Valeria y Alejandro, que me invitaron a comer a su casa al día siguiente. Fui y estaba la misma gente que había conocido unos meses antes, más otros como Pachu Peña, Nicolás Repetto, Francisco de Narváez que estaba en la playa con el perro, y vino Valeria ofreciendo empanadas…

—¿Qué te pasó por la cabeza en ese momento?

—Sentí que estaba en una película de ciencia ficción [risas]. Alejandro me ofreció representarme y me dijo: “Vas a ser el nuevo David Copperfield de la Argentina y vamos a ganar un montón de dinero. Disfrutemos de la comida”. Eso fue todo lo que se habló en ese almuerzo y volvimos a vernos al mes, en Buenos Aires, y fue mi representante cuando él solamente representaba a Valeria. Así conocí a Marcelo Pelegri, que en ese momento era el esposo de Grecia Colmenares, y el director artístico del paseo del Parque de la Costa junto con Rubén La Rosa, el representante de Ricardo Montaner. Me dijeron que iba a ser el mago del Parque de la Costa y me iban a construir un teatro para mí. Mientras hacía mis shows junto a la fuente de aguas danzantes. Tenía 25 años y me tomaba tres colectivos para llegar a Tigre todos los días. Hice 1011 shows en un año y pico. Y en 2000 estuve en el Conrad, en Punta del Este, haciendo mi primer show producido por mí. Después estuve en Pinamar, donde todos los espectáculos siempre fueron un fracaso.

—Sí, un día me llamó Patricia Palmer, que era mi maestra de teatro, me dijo que junto a su marido iban a ser los directores de un teatro de Pinamar. Llevé un equipo de gente a vivir allá y a mi hermano que era el publicitario; siempre fue mi manager y mi mano derecha y socio. Diseñamos una campaña en donde unas promotoras iban por la playa vestidas como musas del Olimpo de la Grecia antigua, con unos paraguas agujereados, y repartían una especie de diario de la época que diseñamos nosotros y que promocionaba el show. Entonces, a la tarde veías a la gente en la playa leyendo nuestro diario. Llené cuatro funciones cada semana y al año siguiente el dueño me convocó para que fuera el director artístico de todo el teatro, y mi hermano el publicista y el encargado de marketing. Contratamos a Graciela Borges, Luis Salinas, Charly García, Spineta, Mercedes Sosa y a un montón de los mejores artistas que había disponibles para venir a Pinamar para hacer shows. Al final, yo les hacía una entrevista en el escenario. El teatro estaba abierto todo el día porque había muchas actividades culturales.

—¿Y a la tele llegaste a través de Nicolás Repetto?

-No, él fue quien me nombró Jansenson, como una marca... Sin mi nombre de pila. La primera vez que estuve en la tele fue a los 12 años, en el programa de Marcelo Marcote y Elvira Romei en un campeonato de chicos artistas, en donde yo hice magia y me gané un par de patines. A los 17 años, fui a competir con mi división del Vieytes al programa Control remoto con Macu Mazzuca, y ganamos el viaje de egresados a Bariloche. Ahí no solo hice magia, sino que también bailé [risas]. Y luego estuve en el programa de Mauro Viale, a la mañana; iba casi todos los días a hacer magia y Mauro me decía que descubría mis trucos y que era un mago trucho. Era diversísimo. Y después Gerardo Rozin me llevó a La pregunta animal y Alejandro Fantino me invitó a Fuga a la medianoche . Hasta que un día conocí a Claudio Villarruel en un show en Telefe por la despedida a Gustavo Yankelevich; ahí me vieron los grandes popes de la tele: Adrián Suar, Marcelo Tinelli, Nicolás Repetto, Guillermo Francella...

—Y después Villarruel me invitó a comer sushi a la casa de Marcelo Tinelli. Había otras personas y yo hice magia mientras Beatriz Furusato, que fue la mujer que trajo el sushi a la Argentina, lo preparaba para nosotros. Marcelo y Claudio me dijeron que querían hacer un cierre de programación conmigo, algo que finalmente no se dio porque los auspiciantes querían música y Lito Vitale hizo por años Ese amigo del alma . Años más tarde, Ideas del Sur con Marcelo, El Chato Prada y Fede Hope produjeron mi programa para Magazine, Noches mágicas , donde entrevisté a Luis Brandoni, Darío Volonté, Anita Martínez, Serafín Zubiri, Eunice Castro, Virginia Lago, Roberto Piazza...

—¿En la casa de Marcelo Tinelli conociste a Paula Robles? Muchos años después tuvieron un romance...

—Sí, cuando conocí a Paula acababa de nacer Francisco. Nunca se me ocurrió que pudiera tener un romance con ella. Y de hecho se le ocurrió a ella... Jamás hubiera dado un paso al frente con Paula. No la veía como una mujer posible. Paula para mí no era una mujer, sino un mito. No la hubiera mirado nunca como un hombre...

—Más de diez años después. Vendí todo y me fui a vivir a los Estados Unidos. Me quedé con tres valijas en ese momento y empecé a hacer los trámites para la visa de talento extraordinario, que le llaman. Después de un tiempo de estar afuera, recibí un mensaje por Facebook de Paula que me decía que se había encontrado con mi hermano y le contó que yo estaba viviendo en Los Ángeles. Quería saber de mí, así que intercambiamos mensajes. Yo ya estaba en otro mundo y para mí, Paula era la mujer de Marcelo, aunque ya hacía tiempo que estaban separados. Me dijo que cuando volviera a Buenos Aires nos tomáramos un café. Y ese café se transformó en una cena y hubo una conexión que yo no esperaba, y después lo que todo el mundo supo. Fue algo de lo más ingenuo e inocente. Ni de casualidad me imaginaba que pudiéramos tener un romance. Pero sucedió y de repente me encontré viviendo una situación que no había planeado ni imaginado. Es la primera vez que lo cuento. Fue muy lindo. Hoy, Paula y Marcelo son dos personas que quiero y respeto y admiro mucho.

—René Lavand fue uno de tus maestros, ¿podés compartir alguna anécdota?

—Hay un homenaje a René en el show. No podría no haberlo, siempre lo hay. La última vez que fui a visitarlo no sabía que iba a ser la última, pero de alguna forma algo se venía sospechando y no porque hubiera una enfermedad o un síntoma, sino porque él en cualquier conversación decía “yo ya no voy a estar para verlo”. Y estábamos hablando del año que viene. Siempre me recibía Nora, su mujer, que me esperaba en la tranquera y luego íbamos al fondo, donde René siempre estaba sentado en su laboratorio, frente al fuego, con la cabeza mirando a algún lugar, conectado vaya a saber con qué, cuestiones invisibles.

—Pero ese día estaba René en la tranquera esperándome, inquieto. Me dijo que quería mostrarme algo en lo que estaba trabajando. René tenía 86 años en ese momento y estaba retirado. Y en su laboratorio me mostró la mosqueta, que es la rutina que hacen los trileros en los parques, en las playas, sobre un cajón de manzanas con nueces o cartas o una pelotita o una moneda y hay que identificar a dónde está escondida la carta roja o la moneda... Me mostró su versión de la mosqueta y me pidió que la criticara. Siempre decía que no quería elogios sino críticas para mejorar los trucos. Le dije que me parecía extraordinario y que le sobraba perfección porque decía que ni él sabía dónde estaba la moneda, pero no era lo que se reflejaba en sus movimientos; él sabía.

—Fuimos a almorzar y casi no comió ni tomó vino, cosa que era casi imposible que sucediera. Tampoco probó su postre Serenito preferido. Después le dijo a Nora: “Este hombre me arruinó la siesta”. Y quiso que volviéramos al laboratorio para mostrarme los cambios que había pensado... “Me pasé la mitad del almuerzo recriminándome por haberte pedido opinión y la otra mitad haciendo cambios”, me dijo [risas]. Nos sentamos en el laboratorio y me mostró algo que en lo básico era lo mismo, pero una versión completamente distinta. Llorando de la emoción, lo aplaudí lentamente a propósito y le dije: “Ahora sí es la mosqueta de René Lavand”. Y le pidió a Nora que trajera champagne para brindar. Aprovechando su sonrisa, le pregunté por qué practicaba y perfeccionaba la mosqueta si ya estaba retirado. Se inclinó hacia adelante, me miró a los ojos y me dijo: “Estoy retirado del escenario, no de la vida”. Eso fue en octubre, y el 7 de febrero, cinco días después de mi cumpleaños, recibí un mensaje de un amigo muy querido que me dijo: “Se fue René”. Practicó hasta el último día.


Fuente: La Nación


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