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El “potrero” chino que sueña con que Messi lo vea jugar: estadio y pantalla gigantes en medio de montañas remotas


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Clarín estuvo en la llamada Súper Liga de las Aldeas, un campeonato amateur que se juega en el sur de China y que parece un potrero argentino, pero llevado a la manera local. Con jugadores que trabajan en el campo, vecinos que organizan la fiesta y tribunas repletas, el torneo se convirtió en un fenómeno internacional. Y entre sus protagonistas hay una ilusión compartida: que Lionel Messi conozca algún día el fútbol de la aldea.

El viaje hacia Rongjiang parece llevar en dirección opuesta a la China que el mundo cree conocer. A medida que desaparecen los edificios, los trenes de alta velocidad y las autopistas infinitas, aparecen montañas cubiertas de verde, ríos que atraviesan los valles y aldeas de madera. Nada hace pensar que ahí, en el corazón de la provincia de Guizhou, nació uno de los fenómenos deportivos más populares del país.

Pero entonces aparece la cancha. Y aunque el paisaje recuerda más al campo que a una potencia tecnológica, miles de personas cantan, festejan y convierten cada partido en una fiesta. Es una postal difícil de imaginar: el torneo amateur que conquistó China nació lejos de Beijing y Shanghái , entre montañas, tradiciones centenarias y pueblos que todavía conservan su identidad.

Sin embargo, para un argentino hay algo sorprendentemente familiar. Porque detrás de las tribunas llenas, las pantallas gigantes y el fenómeno viral, Cun Chao (la Superliga de las Aldeas) conserva el espíritu de un potrero bien argentino. O mejor dicho, de un potrero chino.

La diferencia es que este potrero tiene capacidad para 60.000 personas . Cuando uno escucha hablar de fútbol amateur imagina una canchita de barrio, un alambrado, algunos padres mirando desde afuera y chicos soñando con llegar a Primera. Pero el estadio donde se juega la Superliga de las Aldeas puede recibir más público que La Bombonera. Ahí está la contradicción que vuelve fascinante a este lugar: tiene alma de fútbol barrial, de hecho lo es, pero con dimensiones de un gran estadio.

Entrar en Rongjiang es entrar en una ciudad que decidió convertir al fútbol en parte de su identidad. Hay murales, esculturas, carteles y hasta botellas de agua con el logo del Cun Chao . En cada rincón aparece el emblema de la competición: una pelota acompañada por la figura de un búfalo, símbolo de fuerza, trabajo rural y orgullo local para las minorías étnicas de la región.

La ciudad incluso tiene un museo dedicado exclusivamente a la historia del torneo. Sin embargo, el museo no es lo más interesante.

Lo verdaderamente llamativo es que cuando uno pregunta si el Cun Chao es fútbol barrial, la respuesta llega rápida: “Sí, claro. Fútbol de barrio, pero de aldeas ”.

La aclaración parece pequeña, pero explica todo. Porque acá no juegan clubes profesionales. Juegan pueblos contra pueblos. Vecinos contra vecinos. Aldeas enteras que durante todo el año esperan el momento de defender sus colores.

La rivalidad más famosa enfrenta a Zhongcheng y Chejian g, dos equipos que protagonizan una especie de Boca-River rural. El orgullo de cada comunidad está en juego. La cercanía geográfica alimenta la competencia. Los vecinos discuten resultados. Los jugadores se conocen desde chicos. Exactamente igual que en cualquier clásico argentino.

Los encuentros se disputan entre viernes y domingo. La entrada es gratuita. A la tarde comienzan a llegar las familias. Lo primero que sorprende es que para ingresar hay que atravesar controles de seguridad similares a los que existen en los subtes de Beijing o cualquier otra mega ciudad.

Después aparece la cancha. El césped parece una alfombra. Las líneas están perfectamente marcadas. Las tribunas rodean el campo de juego. Nada parece propio de un campeonato de pueblo. La infraestructura, financiada en gran medida a través de inversiones impulsadas por el Gobierno chino , le da al torneo una apariencia profesional que contrasta con el perfil amateur de sus jugadores.

En ambos extremos hay pantallas gigantes que repiten las jugadas , casi como si el partido se lo transmitiera una señala deportiva internacional. La voz del estadio también está. Todo parece profesional. Pero los jugadores son agricultores, vendedores, estudiantes, dueños de restaurantes o camioneros que durante el día trabajan y por la noche entrenan para representar a sus aldeas.

Ahí vuelve a aparecer el espíritu del potrero. La infraestructura es de primer nivel, pero la pasión es completamente amateur.

Apenas rueda la pelota, las similitudes con Argentina empiezan a multiplicarse. Hay señores que se acercan a la línea lateral para gritar indicaciones. Otros protestan cada fallo arbitral. Los chicos juegan alrededor de las tribunas. Y están ellas. Las mamis del fútbol. Las que siguen cada jugada con los ojos clavados en la cancha. Las que se agarran la cabeza cuando la pelota pasa cerca del arco. Las que se enojan cuando cobran una falta. Las que gritan instrucciones aunque nadie se las haya pedido. Las que aplauden con orgullo cuando su hijo convierte un gol.

La única diferencia es el idioma . En lugar de cantar “olé, olé”, repiten una palabra que resuena constantemente entre las tribunas:

Significa algo parecido a “ánimo”, “vamos”, “dale”. La energía es exactamente la misma.

No nos entendíamos. Entonces el único salvador era el traductor. Este medio le pregunta cómo se llama y el celular apenas traduce: en español, su nombre sería “Pájaro de Luz”. Ella sonríe tímida. Dice que ama el fútbol, que lo más lindo es ver jugar a su hijo y acompañarlo todos los días a entrenar.

Entonces pregunto si conoce Argentina. Ni siquiera deja terminar la traducción.

—¡Messi! —grita enseguida, levantando los dos pulgares y riéndose.

Hablar con muchos vecinos no es fácil. Algunos hablan mandarín. Otros usan dialectos de las etnias locales. Lo que hace que las conversaciones suelen quedar atrapadas entre sonrisas, gestos y traducciones improvisadas.

Hasta que aparece una palabra mágica: “Messi”. Entonces todo cambia. Las caras tensas se relajan. Las sonrisas aparecen. Los pulgares se levantan. La distancia entre China y Argentina desaparece. No importa si hablan chino, inglés o español. Todos entienden. Todos sonríen. Todos quieren hablar de lo mismo. De repente ya no hacen falta traductores. Messi se convierte en un idioma compartido.

Entre quienes sueñan con el fútbol está Zhou Jing, un estudiante secundario que participa en la Superliga. Cuando escucha la palabra Argentina, sus ojos se iluminan.

" Mi ídolo es Messi . Me gusta mucho Argentina y también me encanta Messi. Ahora estoy participando de la Superliga de Primavera. Cuando pienso en mi futuro, quiero jugar especialmente en Argentina. Mi sueño es convertirme en un verdadero futbolista ", cuenta.

No es el único. Otro jugador asegura que la técnica y el carisma del capitán argentino lo convirtieron en una referencia para toda una generación. "A todos nos gusta mucho Messi, especialmente su habilidad individual. Cuando estaba en Barcelona seguíamos todos sus partidos. También fue increíble con Argentina. Nos gusta muchísimo. Me encantaría que viniera a vernos jugar y también jugar con él. Poder competir en la misma cancha sería mi sueño más grande. Esperamos que Messi pueda venir a nuestra Superliga de Aldeas. Bienvenido Messi", dice.

La frase resume el espíritu del lugar. Miles de kilómetros separan Rongjiang de Argentina. Pero en estas montañas del sur de China, Messi es tan famoso como cualquier estrella local.

El Cun Chao también rompe otro prejuicio. Los campeones no ganan millones. Ni contratos publicitarios. Ni transferencias internacionales. Los premios suelen ser productos de la región: gallos, peces, cabras, campos de arroz o especialidades locales. Es difícil imaginar algo más alejado del fútbol moderno. Y, al mismo tiempo, algo más cercano al espíritu original del deporte.

¿Qué ganaría un campeón de un torneo barrial argentino? Quizás una copa, un trofeo o una gaseosa y pancho para todo el equipo. En Rongjiang pueden volver a casa con una cabra y nadie parece encontrarlo extraño.

Cuando Clarín visitó el estadio, una lluvia persistente obligó a suspender las presentaciones culturales que suelen acompañar cada partido. No hubo danzas del dragón ni coros multitudinarios de la etnia Dong. Tampoco los desfiles de trajes tradicionales ni los espectáculos musicales de la etnia Miao que hicieron famoso al torneo en todo el país.

Pero alcanzaba con mirar las pantallas gigantes, escuchar la voz del estadio y ver las tribunas para entender por qué el Cun Chao se volvió viral en 2023. Porque acá el fútbol es apenas una parte de la historia.

En condiciones normales, el entretiempo se transforma en una celebración cultural donde vecinos de distintas etnias muestran bailes, canciones y costumbres ancestrales. Cada fecha funciona como un festival popular organizado por la propia comunidad.

Esa combinación de deporte, identidad local y participación vecinal convirtió al torneo en un fenómeno nacional. La final de 2023 atrajo a unos 300.000 turistas y los videos de los partidos acumularon miles de millones de visualizaciones en redes sociales y de ahí comenzó su viralidad.

Cun Chao es un un potrero chino un lugar donde el fútbol sigue siendo una excusa para que una comunidad se reúna. Un pueblo entre las montañas de Guizhou donde agricultores, estudiantes y vendedores juegan por algo más importante que el dinero. Juegan por el orgullo de su aldea.

Y mientras corren detrás de una pelota, comparten un sueño que cualquier chico argentino entendería de inmediato. Que algún día, desde algún lugar del mundo, los esté mirando Lionel Messi.

Redactora de la sección Sociedad


Fuente: Clarín


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