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Mundos íntimos. El adiós a los que amamos tiene idas y vueltas pero, como me dijo un cura, quien deja huella nunca muere.


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En qué momento te despedís de alguien a quien amás? Pienso en eso mientras mi mamá duerme al lado mío. Hace ocho meses le diagnosticaron un cáncer de páncreas, justo el fin de semana de su cumpleaños. Ahora mi mamá, la siempre fuerte, duerme frágil en su cama. Hace un par de días me instalé en su casa y volvimos a compartir la cama, como cuando yo era poco más que una bebé y mi papá se murió en un accidente insólito –como suelen ser todos los accidentes.

Empecé a despedir a mi papá 12 años después de su muerte. Tenía 14 y había fallecido Salvador, el hijo de una amiga de mamá. Salvador siempre me cayó bien, aunque nunca entendí por qué alguien querría hacerse cura. El me decía que me iba a casar, y a mí, que era una nena, me gustaba la idea.

Pero Salvador murió muy joven, poco después de ordenarse. Estaba en su velatorio y en el momento en que taparon el cajón, en mi mente se descorrió un telón de terciopelo negro y pesado que nunca se había abierto desde el 2 de enero de 1979: en una secuencia, como en una película, yo estaba en brazos de mi mamá en la silla del comedor de nuestra casa de Sarandí donde ella siempre se sentaba , y de pronto estaba parada frente a la escalera que conectaba con la puerta de entrada y mi hermano de 18 años la bajaba corriendo con desesperación.

Mi padre se murió en la vereda de mi casa, intentando cambiar un neumático del camión de su fábrica de mosaicos: la rueda saltó y le reventó la cabeza. Eso escuché que mi mamá le contó a un matrimonio de desconocidos en el zoológico de Mendoza, en el verano de 1991. Vaya paradoja, ese mismo día y en ese mismo lugar, de casualidad, nos encontramos con Salvador. “Montaña y montaña no se pueden encontrar, pero hombres y mujeres sí”, dijo mi mamá después de darle un abrazo afectuoso.

Comencé a llorar desconsoladamente. Todo el mundo creía que lloraba por Salvador. Un poco sí, pero básicamente estaba empezando, recién entonces, a duelar a mi padre.

El dolor volvió a quedar en un cajón hasta que años después un novio me dejó y una psicóloga que me cambió la vida formuló la pregunta perspicaz que hizo explotar la bomba.

Mi padre era una foto carnet debajo del vidrio de la cómoda de mi mamá, un dolor demasiado grande para que hubiera de él, en la vida cotidiana de mi familia, algo más que un recuerdo lacerante.

Empecé una búsqueda silenciosa: de objetos, de fotos, de anécdotas. Tomé notas en un cuaderno del que apenas pude llenar un par de páginas. Escruté cada polaroid familiar intentando encontrar una foto en la que yo estuviera en brazos de mi papá. No hallé ninguna: sí tenemos varias juntos, pero la cámara nunca me capturó a upa. Tuve que aceptar la frustración y contentarme con un recuerdo, subida a una silla para intentar alcanzar el timbre que teníamos junto a la ventana del comedor y por el que lo llamábamos para que subiera de su taller a almorzar. El timbre nunca más sonó. Lo más cercano que tuve a mi papá fue, toda mi vida, ese timbre silenciado. Ni siquiera la memoria de sus manos enterrando mis pies en la arena en una playa, como recordaba el dramaturgo español Fernando Arrabal al suyo, víctima del franquismo.

Podría decir que la vida me compensó y con mi mamá vivimos todo. De ella sí tengo destellos de felicidad en el verano. Un tren partiendo por la noche a Mar del Plata en mis primeras vacaciones, el circo de Balá (para el que hizo fila toda la madrugada para conseguir entrada) y los castillitos que construimos juntas en La Perla.

En estos meses tomé decenas de notas mentales sabiendo que escribiría estas líneas. Siempre soñé con que podría entrevistarla cuando cumpliera 100 años. Siempre confié en que mi mamá iba a llegar a los 100 años, por los genes longevos de su familia. Y porque su energía me hacía pensar que eso no era un sueño, sino la única certeza posible.

Mi mamá vivía sola y jamás aceptó que nadie fuera siquiera a ayudarla a limpiar los pisos. La pandemia la hizo dejar de viajar en colectivo, pero le peleó de frente al Covid y no se contagió nunca. También la cuarentena la hizo dejar de teñirse, para descubrir que su profusa cabellera blanca le sentaba maravillosa. Se levantaba temprano y se enojaba con ella misma cuando se despertaba más allá de las 9. Nunca dormía la siesta . Leía libros sin parar y me marcaba los errores que encontraba en mis notas: era la editora más implacable que tuve, ella que sólo hizo hasta segundo grado antes de que empezaran a estallar las bombas sobre su cabeza. Se salvó tres veces de los bombardeos de los alemanes en Italia. Relataba el abrazo cuando, en uno de ellos, se reencontró con su padre en una plaza donde minutos antes la gente había estado tomando café y luego quedaron masacrados. Por su voz, yo sabía que estaba obviando todos los detalles que su memoria prodigiosa había registrado de forma imborrable.

Pasé tres semanas exactas, noche y día, junto a ella, entre su casa y su última internación. Sabía que era una cuenta regresiva en la que cada rato contaba, aunque por momentos la situación era tan desesperante que quería darme la cabeza contra la pared.

En esos días, también, creció en mí una convicción que siempre tuve, pero que ahora entiendo es imprescindible: como sociedad démonos la oportunidad de debatir sobre la dignidad en el final de la vida. Jamás me voy a olvidar las cuatro palabras que me dijo mi madre en el box de la guardia apenas ingresada a la clínica, cuando ya sabíamos las dos que iba a comenzar un derrotero con un final escrito: “Yo me quiero ir” .

Mamá, con 91 años y una lucidez plena, quería morir con dignidad. Quería morir, igual de lúcida, rodeada de la familia hermosa que ella construyó con su amor, como el personaje de “Goodbye, June”.

Pero la realidad no es como las películas. Y si podemos ser lo suficientemente humanos para dormir a nuestras mascotas cuando sabemos que no hay nada más por hacer, también merecemos darles esa chance a las personas que no tienen otra posibilidad médica. No es una cuestión de fe: mi madre era una persona profundamente creyente. Pero ya había vivido todo. Lo que quería era irse en paz.

En esas noches en la clínica, leí la ley de derechos del paciente de cabo a rabo, una y otra vez, intentando encontrar un resquicio para darle a mi mamá la muerte digna que ella se merecía. Me aferré a todo lo que la ley me permitió y lo que sabía que ella quería: ninguna práctica invasiva más. Después de dos semanas, nos fuimos a un centro de cuidados paliativos. Ella lo aceptó , de vuelta, con lucidez porque sabía que era lo mejor. Nos sacamos nuestra última foto en la ambulancia: mamá sonreía, porque resiliencia no era para ella una palabra, era su ADN.

Como escribió Tatiana Schlossberg, la nieta de John F. Kennedy que murió de leucemia mieloide, “nunca he conocido a un grupo de personas más competentes, más llenas de gracia y empatía, más dispuestas a servir a los demás que las enfermeras. Las enfermeras deberían tomar el relevo”.

Siempre voy a tener palabras de agradecimiento para las y los ángeles guardianes que cuidaron de mi mamá tanto en el Sanatorio Finocchietto como en el CCP Baires, al igual que a los médicos y médicas que intentaron todo lo posible y más. Pero hay un momento en el que deberíamos tener la posibilidad, insisto, de poder decir basta.

Mamá dijo basta en la Nochebuena. Ese día, sentimos todos, bajó los brazos. Pero tan fuerte había sido siempre que su corazón recién dejó de latir 12 días después. Cada uno de esos 12 días fui a verla: la acariciaba, le daba un beso y le decía al oído que ya estaba, que ya había hecho mucho , que ya podía volar en paz.

“Nadie está perdido si no se lo ha olvidado”, le dice justamente un pastor a la protagonista de Outlander, la serie que veo en loop estos últimos meses como una anestesia al dolor. Cuando era una nena, soñaba que mi papá aparecería en una fiesta familiar, como si hubiera sido abducido por unas piedras al igual que los personajes de Diana Gabaldon. Quería que al menos viniera por un rato y luego regresara al pasado o al futuro, pero que me regalara una despedida.

Mi madre pidió que sus cenizas reposaran en el cenizario de la iglesia del barrio. Las fui a buscar a la cochería y las cargué en el bolsito que ella llevaba siempre. Dejé las cenizas sobre la mesa que me indicaron en la iglesia y fue muy raro, porque mi mamá no estaba ahí. En la homilía, el cura, joven como era Salvador, eligió las palabras con sabiduría: “Cuando uno deja huella, la muerte no borra nada”. Después de que terminó la misa, nos devolvió a cada una de las cinco familias que allí estábamos las cenizas de nuestros seres queridos . Instintivamente, tomé a mi mamá en brazos como si cargara un bebé. Así fue el último contacto que tuve con su cuerpo antes de que el sacerdote depositara las cenizas en la urna.

Un querido amigo me dijo que el dolor solo se puede transitar. Y es cierto. Ahora estoy en ese camino, con la paz de que, con mis padres, nos dimos todo lo que la vida nos permitió darnos.

Y, también, nos pudimos despedir. Me despedí de mi mamá una tarde en la clínica, en la que estaba particularmente despierta y risueña, y me acosté a su lado para depilarle el bozo con una pincita. Nos reímos recordando por enésima vez una anécdota de su prima sobre la “propiedad” de los bigotes y volvimos a debatir para qué necesitamos las mujeres esas crines duras y negras. La mimé y me dijo gracias, como tantas veces me lo había dicho en estos meses.

Y de mi papá también me despedí. Nuestra despedida se concretó con varios años de diferencia. Fue cuando los ojos de mi hija mayor adoptaron definitivamente ese color gris cambiante que me contaron que tenía el iris de mi padre, y cuando las cejas de mi hijo menor se volvieron igual de indomables que las suyas, lo mismo que sus largas pestañas. Finalmente, tanto tiempo después, me despedí de mi papá mirándolo a los ojos de mis hijos.

Editora de la sección Sociedad.


Fuente: Clarín


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