Home Ads

“La varita de Dios me tocó”: el estremecedor relato de Marcelo, sobreviviente del ARA General Belgrano


Home Ads

Un olor espeso, imposible de describir del todo, mezcla de humo, petróleo, metal quemado y miedo. Después llegó la oscuridad. El impacto había sacudido todo el Crucero General Belgrano y Marcelo Soteras entendió inmediatamente que aquello no era un simulacro ni una alarma más. El barco estaba herido.

“Nos tocaron dos torpedos. Uno en popa y otro en proa. Yo estaba en la central de tiro, en el medio del buque, cumpliendo mi puesto de combate. Se apagó la luz y apareció un olor terrible. Yo siempre digo que era un olor acre, aunque ni sé exactamente qué significa esa palabra. Era una mezcla de pólvora, combustión y desesperación”, recuerda hoy, 44 años después, en una charla con TN

En medio del caos, mientras muchos corrían sin saber hacia dónde ir, Marcelo hizo algo que todavía hoy puede reconstruir con precisión absoluta. Tomó su agenda, sus documentos, el carnet de la Caja de Ingeniería —su matrícula profesional recién estrenada— y la llave de su casa.

“La llave de mi casa era mi familia. El carnet era mi profesión. Yo era arquitecto. Eso era todo lo que yo era antes de la guerra”, dice.

Entonces se puso el gabán, tomó el bolso y empezó a subir por las escaleras angostas del barco completamente a oscuras. Pero había algo importante: él ya había practicado ese recorrido muchas veces .

“Desde que subimos al buque estaba convencido de que aquello no era ir a jugar a los soldados. Era una guerra y nos iba a pasar algo muy malo. Entonces había aprendido el camino de evacuación de memoria . Lo practicaba de noche, de día, en distintos horarios. Cuando llegó el momento, simplemente hice lo que ya había ensayado”, recuerda.

Marcelo tenía 25 años . Era mayor que la mayoría de los conscriptos del Belgrano , que apenas tenían 18. Se había criado en Bahía Blanca, había estudiado en la Escuela Nº 2 y luego en la Industrial antes de irse a La Plata a estudiar Arquitectura. Había pedido prórrogas para no interrumpir la carrera con el servicio militar obligatorio.

“ En esa época el servicio se hacía a los 20 años . Yo había entrado a la universidad a los 18 y no quería cortar la carrera porque después era muy difícil retomar. Pedí prórrogas como hacía muchísima gente. Me recibí, se venció la prórroga y ahí me convocaron ”, señala.

Lo destinaron a la Base Naval Puerto Belgrano . Allí trabajaba como dibujante técnico . Hasta que comenzaron los rumores de guerra.

“Empezó a hablarse de la invasión, después se recuperaron las Malvinas y finalmente se declaró la guerra. Como faltaba gente para completar la tripulación del Belgrano me subieron al barco . Nosotros creíamos que el buque iba a quedar anclado en la bahía de Malvinas para defender la ciudad con su poder antiaéreo. Por suerte eso no pasó porque no hubiese quedado nadie vivo”, reflexiona.

El ARA General Belgrano llevaba 1.093 tripulantes. Fue hundido el 2 de mayo de 1982 fuera de la zona de exclusión por el submarino británico HMS Conqueror. Murieron 323 marinos. Sobrevivieron 770 . Marcelo fue uno de ellos .

Cuando finalmente logró llegar a cubierta, el escenario era aterrador. “El barco ya estaba totalmente escorado y el piso estaba cubierto de petróleo. Salí por la escotilla, pisé y automáticamente me resbalé . Empecé a deslizarme hacia un borde porque el barco ya estaba inclinado. Me frenaron unas sogas. Ahí me serené. Me dije: ‘ si me pongo nervioso, no sobrevivo ’.”

Entonces fue hacia la balsa que le correspondía. “Fui el primero en llegar. La empujé al agua y se abrió sola cuando explotó la cápsula. La gente se tiraba desde arriba o caía al agua primero y después intentaba subir . Yo bajé agarrado de una soga. Cuando me estaba por tirar vino una ola enorme que me tapó completo. Esperé quietito. Cuando el agua bajó, me tiré adentro de la balsa”, rememora, como si lo estuviese viviendo. A partir de ahí comenzó otra pesadilla .

“Me había preparado para salvarme del barco –advierte–. Pero una vez que estabas en la balsa ya no dependía más de vos. Dependía de Dios ”.

Durante horas quedaron a la deriva en medio del Atlántico Sur . Eran alrededor de veinte hombres hacinados dentro de una balsa golpeada por el viento y las olas. “ Nos salvamos porque el mar estaba tranquilo al principio . Si hubiese estado como se puso después, no llegábamos vivos a las balsas. Luego vino el temporal. Olas enormes que nos pegaban de lleno, nosotros nos abrazábamos a los contrafuertes de la balsa para no salir despedidos”, evoca.

Marcelo recuerda especialmente una escena. “Un soldado cayó al agua. Tenía borceguíes, ropa pesada, gabán… se empezó a hundir. Entre otro muchacho y yo lo sujetamos y lo tiramos para adentro de la balsa. Era increíble la fuerza que tuvimos en ese momento. El tipo mojado debía pesar cien kilos y lo levantamos igual ”, cuenta.

Pero el miedo más grande todavía estaba presente. “Había visto películas de guerra donde los barcos se hundían y succionaban todo alrededor. Pensaba que nos iba a arrastrar también a nosotros. Cuando el Belgrano terminó de hundirse ni miré. Estaba aterrado ”, confiesa.

Aquel 2 de mayo de 1982 el crucero desapareció bajo el agua cerca de las cinco de la tarde. Marcelo y los demás sobrevivientes quedaron flotando durante horas interminables. “El agua nos llegaba hasta la cintura. Estábamos helados. Rezábamos todo el tiempo . Todos teníamos miedo. Muchísimo miedo. Y además ya no dependía de nosotros salvarnos”, agrega.

La noche fue brutal. La recuerda así: “Las olas explotaban arriba nuestro. Pensábamos que nos íbamos a morir ahí . No había manera de imaginar otra cosa”.

Hasta que apareció una luz. “De golpe vimos una luz enorme iluminándonos. Era el ‘ Aviso Gurruchaga ’ (un tipo de barco militar pequeño). Ellos ya habían recibido información de un Hércules que había detectado balsas en el mar. Entonces empezaron a buscarnos”, relata.

Marcelo todavía se emociona cuando recuerda el rescate. “El barco se acercó y nos tiraron una red enorme, de esas que uno veía en las películas de guerra. Nos decían que no hiciéramos nada, que ellos nos levantaban ”, repasa. Cuando llegó su turno, tuvo que tomar otra decisión dolorosa.

“Yo seguía abrazado a mi bolso –rememora– Ahí tenía la llave de mi casa, el carnet profesional y un reloj que me había regalado mi mamá. Pero cuando vi la red y el movimiento del barco entendí que si subía con el bolso me iba a caer. Entonces tiré todo al mar ”. Se agarró de la red y empezó a subir.

“Cuando llegué arriba dije ‘estoy bien, sigan levantando gente’. Pero quise caminar y no podía mover las piernas . El torso iba para adelante y las piernas quedaron quietas. Me caí”.

Lo ayudaron a entrar al ARA Gurruchaga, el barco que terminó convirtiéndose en su salvación. Allí ocurrió una de las escenas más íntimas y conmovedoras de toda su historia. “ No habíamos comido ni tomado agua durante muchísimo tiempo . Estábamos destruidos. Entonces empezaron a repartir comida. Hicieron unos sanguchitos de lomo con pan ”, precisa.

Marcelo se quiebra. “Hoy tengo 70 años y todavía cuando voy a un restaurante hago lo mismo. Como la carne, la corto al medio y me hago un sánguche con pan. Porque ese fue el plato más rico de mi vida . Ese sanguchito significó que estaba vivo”, reflexiona. Hace una pausa larga: “Creo que en el fondo sigo recordando mi salvación”.

Después llegaron a Ushuaia y finalmente a Bahía Blanca. Pero el regreso tampoco fue sencillo. “ Mi familia no sabía si yo estaba vivo o muerto . A nosotros no nos dejaban comunicarnos. En las listas mi apellido aparecía mal escrito. Imaginate la desesperación”, señala.

Durante días permanecieron prácticamente aislados. “Nos cortaron el pelo, nos dieron ropa nueva, nuevas tarjetas navales… parecía que había que prepararnos para algo. Nosotros veníamos de vivir el horror y nadie hablaba de eso ”, dice.

Con el tiempo volvió a la vida civil. O al menos lo intentó. “Yo creo que la guerra me quitó algo que tenía antes. El Marcelo que volvió no era el mismo que se había ido ”, grafica.

Durante muchos años eligió callar. “No hablaba de esto, miraba para adelante. Me abrazaba a mi profesión porque era la manera de seguir vivo ”. Y así reconstruyó su vida.

Primero haciendo casas. Después locales comerciales. Más tarde supermercados, empresas y grandes proyectos. Trabajó junto al arquitecto Guillermo Tomás Lejarraga, a quien considera su padre profesional, y desarrolló obras importantes y numerosos edificios en Bahía Blanca y Monte Hermoso.

“Siempre digo que un arquitecto fue a la guerra. Y que sobrevivió aferrándose a dos cosas: la llave de su casa y el carnet de su profesión ”, concluye.

En 2001 volvió a empezar desde cero. Trabajó durante años en grandes empresas, desarrolló supermercados, edificios y proyectos comerciales importantes. Más adelante, durante la crisis del 2001, volvió a reinventarse .

“En 2001 me fui de las grandes empresas y tuve que salir otra vez a la calle con incertidumbre. Arranqué de nuevo, hice un edificio chiquito, después otro y así empecé otra etapa de mi vida como desarrollador inmobiliario ”, relata. Hoy tiene 70 años y sigue trabajando.

“ Sigo viniendo a la oficina todos los días . Analizo terrenos, hago edificios, busco nuevos proyectos. Creo que toda mi vida fue una reconstrucción”, analiza.

También aprendió a entender las marcas invisibles que dejó la guerra. “Empecé terapia muchos años después y ahí aparecieron cosas que yo no entendía. La memoria selectiva, la angustia, ciertas reacciones… uno queda marcado para siempre ”, insiste.

Sin embargo, hay alguien que lo sostiene. “Daniela, mi esposa, mi compañera de vida, me da la fuerza necesaria para disfrutar cada momento . Nos encanta viajar, disfrutar, vivir”, agrega.

Quizás porque Marcelo sabe mejor que nadie lo frágil que puede ser todo. Porque una tarde soleada del 2 de mayo de 1982, mientras el Atlántico Sur empezaba a tragarse al Belgrano, un joven arquitecto de Bahía Blanca entendió que la vida podía terminar en segundos .

Y porque todavía hoy, más de cuatro décadas después, sigue convencido de algo: que Dios lo tocó con la varita.


Fuente: TN


Home Ads

Home Ads
GENERAL JUAN MADARIAGA El Tiempo