
Una tarde de mayo de 1936 en Tokio . Varios policías suben las escaleras de un hotel de mala muerte y golpean la puerta con violencia. No fueron necesarias amenazas. Una mujer de algo más de 30 años abrió la puerta sin demora. Tenía los ojos fríos, quietos, vacíos. Se corrió y dejó pasar a los hombres. No había muchos lugares en los que buscar. Uno de los policías abrió la cartera de la mujer, su única pertenencia. Encontró un paquete mal envuelto en hojas de revistas viejas. Lo puso sobre la mesa y lo abrió. El hombre pegó un grito, breve pero aterrado. Sus compañeros lo miraron. Sobre la mesa, sobre las hojas de revistas sanguinolentas, atados con un hilo grueso, había un pene y dos testículos que ya habían comenzado a pudrirse . Sobre ellos había una leyenda escrita: “Marido y mujer”.
La mujer tenía 31 años y se llamaba Sada Abe . Había sido geisha y hacía unos años que ejercía la prostitución. Los genitales masculinos pertenecían a Kichizo Ishida , su amante, un hombre de 42 años, dueño de un restaurante, con buen pasar económico, esposa e hijos.
Sada y Kichizo habían mantenido una relación clandestina de menos de dos meses . Había sido intensa y ardorosa. Él luego había vuelto a su mujer, a su hogar. Tras una interrupción de unos diez días, volvieron a verse. Ese fue el final.
Sada Abe había nacido en 1905. La séptima de ocho hermanos, aunque sólo cuatro sobrevivieron a los primeros meses de vida. Su padre era un hombre de trabajo, muy recto y exigente. A una de sus hijas, mayor que Sada, la hizo ingresar a trabajar en un prostíbulo porque había tenido un par de novios, una conducta promiscua ante los ojos del padre. Pese a ese rigor paterno, Sada ingresó a trabajar como geisha . Las geishas no tenían sexo con los clientes. Pero debían satisfacerlos y dedicarse con devoción hacia ellos. Al poco tiempo abandonó y se convirtió en prostituta. Ejerció en Tokio y en Osaka, dónde se radicó durante unos años antes de volver a la capital japonesa.
A principios de 1936, ya en Tokio, dispuesta a empezar una nueva vida, comenzó a trabajar en un restaurante . Su dueño era Kichizo Ishida. El hombre, conocido mujeriego, comenzó sus avances hacia la joven. Ella, cohibida por la presencia de la esposa de Kichizo en el lugar -era quien de verdad administraba el restaurante- lo rechazó durante un par de meses. Hasta que una noche, tarde, cedió y mantuvieron relaciones en la cocina del lugar. A los pocos días el encuentro se produjo en una casa de té, sitios que funcionaban como albergues, como hoteles por hora para que las parejas tuvieran intimidad mientras las geishas les servían sake, les hacían masajes o entonaban alguna canción tradicional. Sada y Kichizo comenzaron maratones sexuales que sólo interrumpían para tomar o comer algo y dormir unas horas. Cada tanto cambiaban de locación y no mucho más. Practicaban todas las formas de sexo posible. Disfrutaban especialmente del sadomasoquismo y de la asfixia erótica .
Ella se obsesionó con su amante: “Es muy difícil decir exactamente qué era lo mejor de Kichi. Pero también es imposible decir nada malo acerca de su aspecto, su actitud, su habilidad como amante, o la forma en que expresaba sus sentimientos. Nunca he conocido un hombre tan absolutamente sexy” , dijo tiempo después.
Pero a los 15 días, Kichizo regresó al restaurante con su esposa. Estaba exhausto y sabía que debía volver a su hogar para no tener mayores problemas con su esposa, que admitía algunas escapadas pero no el abandono total.
Sada desesperó. Los celos la consumían . Una noche para tratar de despejarse asistió a una función teatral. En escena, la protagonista mataba con un cuchillo a su amante por despecho. A ella le pareció una buena idea comprar un largo y filoso cuchillo. Para hacerlo empeñó algunas de sus escasas pertenencias. Tres días después, volvió a encontrarse con su amante. En medio del sexo, sacó de su cartera el cuchillo y lo acercó a su cuello. Él no se asustó, se excitó. Parecía una faceta más de los juegos que ellos practicaban .
A los pocos días, el 18 de mayo, volvieron a encontrarse . Otra vez una maratón sexual, la amenaza con el cuchillo, la asfixia mutua, en este caso ella anudó el cinturón de su kimono alrededor del cuello de él durante largo tiempo. Y luego le dio a su amante una gran cantidad de sedantes. Mientras él dormía ella siguió estrangulándolo hasta que lo mató. “Después de haber matado a Kichi me sentí totalmente a gusto, como si me sacara una carga pesada de mis hombros, tuve la sensación de ver todo con una claridad y tranquilidad absoluta”, declaró ante las autoridades.
Sada se acostó a su lado, lo abrazó y durmió unas horas junto al cuerpo.
Después tomó una vez más su cuchillo y mutiló el cadáver todavía caliente. Cortó el pene y los testículos de su amante: “ Me quedé con sus genitales porque no podía llevarme la cabeza o el cuerpo. Elegí la parte de él que me traía los mejores recuerdos”.
Con la sangre escribió en el muslo de su amante asesinado: Kichi y Sada, estamos solos, y en uno de sus brazos dejó su nombre: Sada . Cortó algunas páginas de una revista que encontró en un rincón y envolvió el pene y los testículos y escribió sobre ellos la leyenda Marido y mujer. Antes de irse, le puso los calzoncillos a Ishida. Eran las primeras horas de la mañana. En la recepción pidió que dejaran dormir a su amante que estaba muy cansado.
Después merodeó por Tokio durante tres días. Caminó y caminó, en estado de trance, con la cartera bien apretada contra su cuerpo. En un momento fue a encontrarse con un antiguo amante que se dedicaba a la política. Sólo le pidió disculpas con insistencia . El hombre no entendía por qué lo hacía, supuso que hablaba de que pedía ser perdonada por tener un nuevo amor. Pero no: Sada se disculpaba porque cuando lo que había hecho saliera a la luz pública, la carrera política se derrumbaría.
Siguió dando vueltas sin rumbo por la ciudad hasta que entró al hotel en el que la policía la ubicó. Allí sacó los genitales de su cartera. Escribió en sus memorias que se convirtieron, una década después del crimen, en un enorme suceso editorial: “Me sentía unida al pene de Ishida y pensé que solo después de despedirme de él podría morir. Lo desenvolví del papel que lo envolvía y miré al pene y el escroto. Puse el pene en mi boca e incluso intenté insertarlo en mi interior. No funcionó sin embargo, a pesar de que continué y continué intentándolo. Entonces decidí que huiría a Osaka, teniendo el pene de Ishida todo el tiempo . Al final, saltaría de un risco en el Monte Ikoma mientras me aferraba a su pene”.
El cuerpo de Kichizo Ishida ya había sido encontrado y el caso ocupaba las portadas de todos los diarios. Sada se había convertido en la mujer más buscada . Pasaron unas pocas horas hasta que alguien avisó que la había visto entrar a ese hotel barato.
Cuando los policías la detuvieron, Sada Abe no se resistió y a medida que pasaron las horas fue volviendo a la normalidad y a responder lo que le preguntaban. Hasta recuperó su habitual sonrisa amable. Cuando quisieron saber el motivo del homicidio, ella dijo con toda tranquilidad: “Lo amaba tanto. Sólo lo quería para mí. Nadie más podía disfrutar de él. Pero como no éramos marido y mujer, mientras viviese podía ser abrazado por otras mujeres. Si lo mataba, ninguna otra mujer lo iba a tocar jamás. Por eso lo maté”.
El juicio fue veloz. No había demasiado misterio. Estaban las pruebas, los genitales mutilados, el cadáver, la confesión detallada de Sada. En medio del proceso, ella llegó a pedir ser ejecutada. Creía que esa era la condena que merecía y, al mismo tiempo, no quería vivir en un mundo que no estaba habitado por Kichizo.
Los jueces consideraron las circunstancias, su estado mental, aplicaron el derecho y fueron más benévolos. 10 años de prisión. Salió antes, en 1941 gracias a una amnistía general por la celebración de los 2.600 años del Imperio Japonés.
Sada no había perdido el poder de seducción. Al poco tiempo de su liberación, se puso de novia . La relación fue breve. El hombre la dejó apenas supo quién era y lo que había hecho: tenía alta estima por sus genitales.
Para esa altura, Sada Abe era una celebridad. Su caso era conocido por casi todo Japón .
Apenas ocurrió el crimen, salió una edición del interrogatorio policial y de su confesión. El libro vendió más de 100.000 ejemplares. Lo mismo sucedió con una larga entrevista que le hicieron en 1947, tras la derrota japonesa en la Segunda Guerra Mundial. Un año después publicó sus memorias: también un best seller inmediato con cientos de miles de copias vendidas.
Corría un rumor: el miembro de su amado era de un tamaño descomunal. Ello lo desmintió. “ Un tamaño promedio. Lo que hacía la diferencia era la técnica y la predisposición para hacerme gozar ”, dijo en sus memorias. Tan famoso fue el pene de Kichizo que fue exhibido en la Universidad de Tokio hasta 1950.
El caso inspiró varias películas y documentales. Sin duda, la más conocida y polémica fue El Imperio de los Sentidos de Nagisa Oshima. El director, obsesionado por esta historia como muchos otros japoneses, se propuso llevarla al cine. Pero como el sexo era tan importante en lo que se contaba, Oshima tomó la decisión que nada debía ser simulado. Así hay sexo oral, penetraciones, objetos y alimentos insertados en la vagina, eyaculaciones. Cada escena es lo suficientemente explícita. Para esquivar la censura japonesa, el director convirtió la película en una co-producción con Francia. Cada día enviaba a París lo filmado en esa jornada. Una mes que estuvo a punto de ser estrenada llegó el escándalo. Censura en muchos países. Elegida para ser proyectada en el Festival de Nueva York a la copia no la dejaran siquiera superar la aduana; fue devuelta a Europa. En Francia fue un éxito enorme. Dos millones de espectadores. También en Alemania.
En Japón la película no solo no pudo exhibirse (un verbo apropiado para el caso) sino que Oshima fue juzgado por obscenidad. Recién en 1982 se lo exoneró y se cerró la causa. Eso permitió el estreno de la película en su país. Como en Japón estuvo vedada por muchos años la exhibición de genitales y vello púbico, en los cines japoneses esas partes aparecían blureadas.
Sada Abe trabajó atendiendo un bar durante casi dos décadas. Cuentan que cuando hacía su entrada para tomar el turno que le correspondía, los parroquianos le gritaban guarangadas, le gritaban asesina y rogaban que escondieran todos los cuchillos del bar; pasados los primero minutos de alboroto, todo se calmaba y ella realizaba su trabajo con tranquilidad. Su última gran aparición pública fue en 1969 c uando aceptó ser entrevistada para un documental sobre el crimen. Luego Sada Abe desapareció. Se dice que Oshima la buscó cuando filmó su película y que la ubicó en un convento japonés alejado de las grandes ciudades.
Fuente:
TN
GENERAL JUAN MADARIAGA El Tiempo

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