
“ ¿Te fijás si allá está más barato? ”, “Acá no se consigue, fijate adónde viajás si lo encontrás” o “Después te paso la plata” son algunas de las frases que más resuenan cuando alguien viaja. De hecho, los mensajes llegan antes de armar la valija. Familia, amigos o conocidos que aprovechan el viaje ajeno para pedir algo puntual : tecnología, cosmética, ropa. Y lo que empieza como un favor, muchas veces termina ocupando más lugar del previsto.
Con el tiempo, ese intercambio informal empezó a tomar otra forma. Ya no se trata solo de hacerle un favor a alguien cercano, sino de reconocer que ese espacio tiene un valor . Por eso muchos viajeros empiezan a organizar esos pedidos, a elegir qué aceptar y a calcular cuánto pueden ganar. Así, lo que antes pasaba casi sin pensarlo empieza a convertirse en una práctica cada vez más planificada.
Además, en un contexto donde viajar al exterior implica cada vez más costo, esa práctica empieza a leerse también como una forma de compensar gastos . Lo que surgía de manera espontánea se convierte, para algunos, en una decisión más consciente: aprovechar el espacio disponible no solo para traer cosas, sino para hacer que el viaje rinda.
A partir de ahí, la dinámica se organiza. Viajeros que ya tienen un destino previsto trasladan productos comprados en el exterior para otras personas a cambio de una comisión. Detrás de este esquema aparecen plataformas digitales que facilitan el proceso, conectando a quienes quieren comprar con quienes pueden traer esos artículos, ordenando pagos y estableciendo ciertas reglas de intercambio.
El crecimiento de esta modalidad no es casual. Responde a una combinación de factores económicos y de consumo que, en los últimos años, se profundizaron.
“Lo electrónico, los cosméticos o la indumentaria pueden costar entre un 30% y un 60% más en países como Argentina por aranceles y disponibilidad limitada”, explica Alex Stepanov, Product Marketing Manager de Grabr. A eso se suma la recuperación de los viajes internacionales y, en el caso argentino, el atractivo de poder generar ingresos en dólares.
En ese escenario, lo que empezó como una práctica ocasional empieza a formar parte de la planificación. Entonces, ya no se trata solo de qué llevar en la valija, sino también de qué traer . “Muchos viajeros revisan los pedidos disponibles antes de armar el equipaje y consideran ese espacio como un recurso a optimizar”, señala. Es un cambio de comportamiento donde la capacidad no utilizada del equipaje se convierte en una fuente de valor.
Así, el fenómeno está impulsado por la demanda. De hecho, en el último año, la plataforma Garb registró más de 250.000 pedidos , con productos electrónicos, cosméticos y zapatillas entre los más solicitados. Y el patrón se repite constantemente: artículos difíciles de conseguir localmente o con diferencias de precio significativas.
Aunque suele mencionarse un ingreso promedio cercano a los 250 dólares por viaje , ese número no es fijo ni automático. Depende, sobre todo, de la cantidad de entregas y del tipo de productos transportados.
“El pago promedio por entrega ronda los US$77 , por lo que alcanzar ese monto implica combinar tres o cuatro pedidos en un mismo viaje”, explica Stepanov al respecto. A su vez, los productos más grandes o pesados, las rutas con menor oferta de viajeros o los pedidos urgentes suelen tener mejores recompensas.
En la práctica, esto implica una planificación cada vez más afinada. Elegir qué pedidos aceptar, cómo distribuir el espacio en la valija y qué tipo de productos priorizar puede marcar la diferencia entre un ingreso marginal y uno más significativo.
Para la mayoría, sin embargo, sigue siendo un complemento. “ Un viajero frecuente puede generar entre US$200 y 400 por viaje , pero en general no es un ingreso principal sino una forma de cubrir gastos”, aclara.
Si bien el crecimiento de esta práctica es indiscutible, también abre interrogantes, especialmente en relación con las normativas y los controles . A medida que más viajeros incorporan esta dinámica como parte de sus recorridos, la línea entre un uso personal del equipaje y una actividad con fines económicos empieza a volverse menos clara. Lo que para algunos es una forma práctica de optimizar recursos, para otros puede rozar zonas grises en términos regulatorios , sobre todo cuando la frecuencia de los viajes o la cantidad de productos transportados empieza a aumentar.
No obstante, cada país establece sus propias reglas respecto al ingreso de productos, y la diferencia entre uso personal y actividad comercial puede ser difusa. “Transportar varias unidades idénticas puede generar controles”, advierte el vocero. Por eso, las plataformas suelen limitar los pedidos a cantidades compatibles con uso personal y ofrecen guías según cada destino.
Además de las regulaciones, hay otra variable que aparece con fuerza: la confianza. Porque, en definitiva, se trata de personas que aceptan transportar productos de otros y de compradores que pagan por adelantado. Para sostener esa dinámica, las plataformas incorporan verificaciones de identidad , pagos que se liberan recién con la entrega y sistemas de reputación que ordenan quién es quién dentro del circuito.
Con el crecimiento, también cambia la forma en que se usa. Lo que antes era más improvisado empieza a organizarse: hay viajeros que miran pedidos antes de armar la valija, rutas donde la demanda es más alta y herramientas que permiten elegir mejor qué conviene traer.
En paralelo, aparecen nuevas capas, sobre todo en lo financiero . La posibilidad de cobrar en dólares o manejar pagos de forma más directa suma un incentivo extra, especialmente en contextos inestables. Todo eso empuja a que la práctica se ordene, sin perder del todo su lógica original: personas que se conectan para resolver algo concreto. Entonces, viajar ya no es solo moverse de un lugar a otro o descansar unos días. Para algunos, empieza a ser una forma de generar ingresos. “ El viaje empieza a autofinanciarse parcialmente” , resume Stepanov.
Fuente:
TN
GENERAL JUAN MADARIAGA El Tiempo

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