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Andrea Politti: su primer trabajo en el Congreso, su anécdota con Goyeneche y el elogio de Ricardo Darín


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Hay en Andrea Politti una calidez inmediata, una manera muy genuina de conversar que vuelve todo más cercano. Escucha con atención, se ríe con facilidad y pasa de la anécdota divertida a la emoción más íntima sin impostaciones. Cuando habla de su padre Luis Politti, la voz apenas baja su volumen. Aparece el triste recuerdo del exilio y una sensibilidad artística que todavía la conmueve. También vuelve a la figura de su abuela Santina, aquella mujer apasionada por el cine argentino que despertó en ella, casi sin proponérselo, la curiosidad por actuar.

A lo largo de la charla surgen nombres que Politti, a sus 62 años, menciona con nostalgia y auténtica admiración. Habla de Arturo Maly con un cariño agradecido; de Ricardo Darín , de quien recibió un inmenso elogio al considerarla “una de las mejores actrices de comedia de la Argentina”; y de Diego Capusotto como un bonus track que le dio la profesión.

Vestida de un impecable negro, con su característico pelo rubio y una sonrisa amable que rompe cualquier distancia, la actriz saluda y lleva su café a un living que se improvisó en uno de los pasillos del teatro Politeama para la charla con LA NACION. Allí, protagoniza la obra HDP-Hijos de Primera.

-Venís de una familia atravesada por la actuación. ¿Cómo fue tu primer contacto con ese universo?

-La actriz de la familia, en realidad, era mi abuela Santina. Ella amaba el cine argentino y, aunque en su época no estaba bien visto que una mujer quisiera actuar, tenía esa pasión intacta. Un día, siendo yo muy chica, me hizo una escena llorando porque me había mandado una travesura. La miré y le dije: “Vos estás actuando”. Ella se sorprendió muchísimo y me respondió: “¿Cómo te diste cuenta?”. Ahí nació algo muy fuerte entre nosotras. Y esas lágrimas reales pero fingidas me indicaron el camino.

-Luis Politti, tu papá y una de las grandes figuras del teatro y del cine de los 70, murió en el exilio. Cualquier otra hija hubiese odiado la profesión.

- El vínculo con mi papá fue una mezcla de admiración y dolor . Mi papá atravesó el exilio y eso fue devastador para toda la familia. Mucha gente no entiende lo que significa no poder volver a tu país. Él era profundamente porteño y sufrió muchísimo. Pero, al mismo tiempo, tenía un talento inmenso y una sensibilidad enorme. Crecer cerca de eso te marca inevitablemente y también te deja una vara artística muy alta.

-¿Llegaste a contarle que querías ser actriz?

-Sí y fue un momento muy emocionante. Él estaba cocinando, de espaldas, haciendo bromas como siempre, y yo le dije: “Papá, voy a ser actriz”. Se quedó quieto unos segundos y yo pensé que se iba a angustiar por todo lo que él estaba viviendo. Pero se dio vuelta con los ojos llenos de lágrimas y empezó a decirme dónde tenía que estudiar, con quién tenía que formarme. Fue una puerta enorme que se me abrió porque cuando un padre te dice que sí, sentís que nadie te puede parar.

-En el contexto de la dictadura, con tu papá en el exilio y vos siendo muy joven, imagino que no tenías mucho a favor. ¿Cómo fueron esos comienzos?

-Fueron muy difíciles. Mi papá estaba exiliado y el contexto político era muy complejo. Mi apellido quemaba , sin embargo nunca me lo cambié. ¿Si me cerró puertas? No lo sé. Ser mujer sí me cerró puertas. Se me abrían fáciles, pero como se abrían yo mismo las cerraba. No me interesaba ese atajo. Otras veces, iba a castings con una carpetita llena de fotos que me costaba muchísimo pagar, las dejaba en un escritorio y ni levantaban la vista para mirarme. Aprendí muy rápido que los lugares se ganan con esfuerzo y constancia, no con un apellido.

-En tus recuerdos hay algo como innegociable y era el ser actriz. ¿Rendirse no existía en tu vocabulario?

-No, la verdad que no. Yo sabía lo que quería ser. Era muy consciente y siempre luché por mi sueño, por eso siempre tuve trabajos paralelos para sostenerme. En una de mis épocas más difíciles, el que me ayudó fue Arturo Maly, gran amigo de mi papá, quien me consiguió un puesto como secretaria en el Congreso. Lo hice con amor porque entendía que era un puente hacia mi vocación. Nunca viví esos empleos como una derrota, sino como parte del camino para poder seguir intentando.

-Con tu historia personal, podrías haber sido una actriz militante, sin embargo, tu sello personal es el humor y la alegría.

-No podría ser de otra forma. Pero porque trabajando en el Congreso conocí muy de cerca la cocina política. Vi gente muy honesta y comprometida, pero también mucha ambición y contradicciones. Entonces, entendí que mi verdadera militancia tenía que ver con la coherencia cotidiana y llevar mi apellido en alto , sin rencores ni heridas sostenidas en el tiempo. Claro que todo dolió mucho, pero mis valores son en la vida diaria, en cómo trabajo, cómo trato a los demás y cómo defiendo mis límites.

-La resiliencia dice que es convertir lo malo en alimento para lo bueno. Y hay mucho de eso en tu vida. Lloraste mucho por tu primer trabajo en la película Sur , de Pino Solanas, pero hoy el saldo es más que favorable.

-Fue muy doloroso porque yo sentía que era la gran oportunidad de mi vida. Por un casting había quedado para la nueva película de Pino Solanas. Pensé que mi carrera de actriz se iba a disparar pero terminé siendo casi una extra. El tiempo y los archivos terminaron diciendo que trabajé en Sur , donde aparecía abrazada a un tal Mauricio Kartun, en una escena con Fito Páez y donde compartí set de filmación con Roberto Goyeneche. Esa mítica escena de él cantando en la mesa de un bar, yo estaba al lado, esperando hacer mi participación. En su momento no lo vi, hoy es un recuerdo que no me lo quita nadie.

-Tengo una imagen grabada para siempre. Estábamos esperando para filmar y viene Goyeneche y me dice: “Nena, tengo cansada hasta la camisa”, mientras se agarraba la camisa con la mano y se la ventilaba. Era un hombre cálido, amoroso, muy humano. A veces uno cree que el sueño es llegar a determinados lugares, pero después entendés que lo verdaderamente importante son esos encuentros que te quedan para toda la vida.

- Después de tantos años de insistir y formación, ¿en qué momento sentiste que finalmente eras actriz?

-Cuando dejé mi trabajo como secretaria y decidí lanzarme sin red. Fue un salto lleno de miedo, pero también de convicción. En esa época apareció una oportunidad en ATC, en un especial llamado Somos porque fuimos . Era televisión casi en vivo, con escenas larguísimas y mucha exigencia. Yo debutaba rodeada de figuras enormes, con unos nervios tremendos, sintiendo además el peso simbólico del apellido Politti sobre mis hombros.

-Fuiste una de las primeras actrices que se volcó de lleno a la conducción, cuando era algo mal visto.

-Sí, es cierto. Las carreras estaban muy divididas y parecía que una actriz “seria” no podía conducir. Pero cuando empecé a hacerlo entendí que era un oficio dificilísimo y fascinante. Manejar los tiempos, sostener el ritmo, escuchar, improvisar, llevar adelante un programa. Nada de eso tiene que ver con la actuación. Descubrí otra vocación escondida. Y la verdad es que disfruté muchísimo esos dieciséis años de conducción continua.

- 12 corazones, Cuestión de peso y tantos otros programas que se sostenían por tu naturalidad. El público parecía estar viendo a su amiga o familiar.

-Fue un poco así. Yo no sabía que tenía esa herramienta hasta que apareció. Antes había trabajado muchísimo haciendo animaciones infantiles en Pumper Nic . Pasaba por distintas sucursales y ahí aprendí a andar en zancos, a improvisar con chicos y familias. Tenía facilidad para conectar con la gente. Después, en la obra Confesiones de mujeres de 30 , la directora Lía Jelín me mandó a improvisar con el público y esa escena explotó. Ahí todos empezaron a decirme que podía conducir.

-La profesión te tenía tres nombres guardados: Ricardo Darín, Diego Capusotto y Juan José Campanella.

-Vamos por ese orden. Trabajar con Ricardo Darín fue uno de los premios más emocionantes de mi carrera. Es un compañero extraordinario y muy generoso. En esa escena de El amor menos pensado mi personaje lo enfrentaba con mucha agresividad. Él cuidó cada detalle para que yo estuviera cómoda. Eso hacen los verdaderamente grandes. Acompañan, contienen y potencian al otro sin necesidad de demostrar nada. Y el elogio que en una entrevista me regaló me llenó el alma. Se lo pude agradecer tiempo después, filmando nuevamente juntos. Una película que saldrá este o el año que viene, de la cual no puedo decir nada.

-Con Diego Capusotto estuvo el plus de trabajar también con tu hijo.

- Mi hijo creció viéndolo, fascinado con ese universo de humor absurdo y brillante. Entonces, compartir ese proyecto juntos fue casi un regalo generacional. Yo ya admiraba muchísimo a Diego desde la época de Todo por dos pesos y antes todavía, cuando trabajé con Las Gambas al Ajillo en Gambas gauchas . Toda esa camada tenía una exigencia artística enorme y una libertad creativa muy inspiradora.

-Ahora volvés al teatro con HDP . Producido por el ganador del Oscar, Campanella.

-Fue de antemano una propuesta imposible de rechazar. Producida por Juan José Campanella, en este teatro hermoso que es Politeama, donde hasta hace unos años Luis Brandoni y Eduardo Blanco hicieron Parque Lezama ; y dirigidos por Martino Zaidelis, en su primera incursión teatral, luego de realizar películas como La extorsión y Re loca . Nada que evaluar y encima mi personaje que es una villana. Siempre quise hacer de mala y me daban roles luminosos o sensibles.

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-Se llama Diana, igual que yo que me llamo Diana Andrea. Pero ella es despiadada y manipuladora. La obra gira alrededor de una herencia y de una familia convertida en una jauría mientras esperan que alguien muera. Me atrajo mucho ese tono de comedia negra, donde todos sacan lo peor de sí mismos. Y el elenco es genial, pero ojo, que Carna no es mi marido, es mi hijastro.

-¿Cómo se construye la maldad sin caer en lugares comunes?

-Actuar implica justamente no juzgar. Si vos juzgás al personaje, no podés interpretarlo. Yo intento entender cómo piensa, cuáles son sus mecanismos, qué la mueve y le doy rienda suelta a sus locuras. Diana usa todas las herramientas posibles para no quedarse afuera del reparto de esa herencia y eso la vuelve feroz. Pero también es muy humana y graciosa en sus miserias. El público se va a reconocer en muchas situaciones y es la clave de la obra, manejar ese humor constante con dosis de delirio y realidad.

HDP . Funciones: Jueves, a las 20; viernes y sábados, a las 21.30, y domingos, a las 19.30. Sala: Politeama, Paraná 353.


Fuente: La Nación


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