
Para muchos, evitar una pelea o quedarse callado frente a una discusión parece una muestra de autocontrol y madurez. Sin embargo, la psicología advierte que, en realidad, es una estrategia de supervivencia que se aprende en la infancia cuando mostrar enojo o tristeza traía castigos o el temido “silencio punitivo” de los adultos.
No es casualidad que algunas personas se queden paralizadas o cambien de tema apenas sube el tono de voz en una charla. Los estudios muestran que quienes sufrieron abuso emocional de chicos desarrollan un sistema nervioso que interpreta cualquier desaprobación como una amenaza real .
Investigadores de Frontiers in Psychology observaron que quienes atravesaron adversidades tempranas resuelven los conflictos mucho más rápido cuando sienten miedo : el cuerpo entra en modo defensa antes de que la mente procese lo que está pasando.
La atención de estas personas se vuelve hipervigilante . Un experimento con la Prueba de Red de Atención modificada detectó una relación directa entre el tipo de conflicto y la emoción negativa: el cerebro prioriza la evasión o la parálisis . Así, lo que para la mayoría es solo una charla incómoda, para quienes arrastran esta herida es un escenario hostil que los transporta a la infancia.
Un chico que fue castigado por llorar o preguntar aprende rápido una lección dura: expresar emociones es peligroso y puede costarle el cariño o traer represalias. Para no perder el vínculo con sus cuidadores, reprime lo que siente.
Con el tiempo, este mecanismo se vuelve tan automático que, ya de adultos, ni siquiera se dan cuenta de que se están reprimiendo. Solo sienten una incomodidad física y el impulso de terminar cualquier charla que implique un desacuerdo.
Un análisis publicado en la revista Psychological Trauma identificó la evitación experiencial como el principal puente entre el malestar infantil y los problemas de conducta en la adultez. Cuando aparece la ira o la tristeza, el reflejo automático no es resolver el problema, sino callarse. La asertividad se reemplaza por una sonrisa forzada y un “todo bien” que esconde el viejo miedo al castigo.
El primer paso es entender que evitar el conflicto no es madurez, sino un reflejo de protección que ya no hace falta . Observar las sensaciones físicas que aparecen antes del silencio ayuda a crear un espacio entre el estímulo y la respuesta automática.
La psicología ofrece herramientas para desactivar estas respuestas y aprender a comunicarse de manera saludable. Si te sentís identificado con este patrón, buscar ayuda profesional es un acto de valentía y autocuidado .
Revisitar las raíces de la evitación de conflictos permite dejar atrás el modo defensivo y elegir cuándo y cómo tomar postura. El objetivo no es buscar el conflicto, sino dejar de temerle.
La transformación empieza cuando el adulto entiende que el castigo quedó en el pasado y que su voz merece ser escuchada, aunque incomode a otros por un momento.
No todas las personas que evitan discusiones lo hacen por el mismo motivo, y ahí está la clave. Mientras que la evitación nace del miedo o la incomodidad , la gestión saludable del conflicto implica poder enfrentar una situación con calma, expresar lo que se siente y escuchar al otro sin reaccionar de forma impulsiva.
La diferencia está en la elección: quien evita suele callar para salir de la situación lo antes posible, aunque eso le genere malestar después . En cambio, quien aprendió a gestionar conflictos puede decidir cuándo hablar , cómo hacerlo y hasta cuándo vale la pena sostener una discusión.
Fuente:
TN
GENERAL JUAN MADARIAGA El Tiempo

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