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¿Por qué nos atrae lo bizarro?


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Si algo genera incomodidad, tenemos la opción de ponerlo al margen de nuestra vida. ¿Sencillo, no? Así, evitamos la sección Policiales o no miramos cine de terror. Nos alejamos. Pero hay un problema: el miedo queda estancado o, peor aún, se solidifica. Como dice el espléndido microrrelato de Augusto Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.

Hay personas, en cambio, que prefieren ponerle cara a lo que asusta. De esa manera se produce una catarsis: uno se vincula con el núcleo duro que aturde y se aprende a convivir con el temor: la violencia que nos rodea, las fuerzas irracionales que a veces parecen guiar la realidad, lo feo cuando no está dentro del tacho de basura. Y empieza un proceso de resignificación. Lo enfrento, asimilo que es parte de la vida, le pierdo ese pánico atávico . Cada uno decide tener la experiencia con películas o libros más o menos bizarros -algunos le dicen clase B-, o inclinarse por un estilismo con firma de Tarantino. No hay algo mejor, son todas opciones válidas. Y la idea de la catarsis no resulta nueva: siempre ha estado presente en las tragedias griegas que abordaban temas durísimos como el incesto o el asesinato del padre, el sacrificio de una hija o la soberbia que lleva al fracaso. Ellos creían que ser espectador de estas tramas -lo dice Aristóteles en su Poética- ayudaba a una liberación emocional profunda. ¿Una terapia contra lo que espanta?

Las películas clase B -en las que también tuvieron protagonismo actores luego masivos como John Wayne o Leonardo DiCaprio- suelen emanar otro encanto para muchos espectadores. Son artesanales, reflejan lo que se hace por puro gusto . Su imperfección las convierte en más humanas, no hay una preciosidad técnica o de efectos que las haga sentir lejanas a la calle. ¿Acaso no hemos sido muchos los que, en una época con la Súper-8, hoy con un teléfono, intentamos filmar un pequeño argumento sin mucho ton ni son? ¿Importa? No, lo que vale es poner nuestros fantasmas en jaque, al alcance de todos.


Fuente: Clarín


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