En un chalet de Villa Ballester, el clima es de oficina, aunque el vestuario sea mínimo. No hay mística, hay planillas de Excel mentales y un cronómetro que corre. Sol Peterson, referente de la industria del contenido para adultos con dos décadas de trayectoria , termina de retocarse el maquillaje.
A sus 39 años, conoce el negocio como pocas: empezó a los 19 en la “old school” de las productoras, pasó 18 años en el rubro gastronómico y volvió para surfear la ola de las plataformas digitales.
Hoy, hacer cine para adultos en la Argentina es una mezcla de emprendedurismo autogestivo y precariedad legal. “A veces parece que uno dice ‘prendo el teléfono, me grabo y ya está’, pero si lo querés hacer bien, necesitás producción ”, explica Sol a TN .
Para esta producción puntual, Sol no escatimó. El desglose de gastos revela que profesionalizar el erotismo en el país es una apuesta de alto riesgo financiero que requiere, idealmente, un mes de planificación previa para evitar el estrés y los errores de las “apuradas”. Entre el alquiler de la locación en Villa Ballester por 250 dólares diarios, un filmmaker de 100 dólares y una maquilladora profesional de 300 dólares, la inversión base alcanzó los 650 dólares .
La respuesta es un balde de agua fría para los que buscan dinero fácil. “Si lo hacés para plataformas gratis, podés tardar más de un año. Si tenés una buena estrategia de marketing y ventas privadas, en uno o dos meses recuperás los 600 dólares ”, advierte Peterson.
Además, aclara un punto sobre el que no suele haber honestidad: “Lo que nadie te cuenta es que, si bien muchos dicen que están porque les gusta, la realidad es que acá todos están por plata, nadie lo hace por amor al arte”.
Contrario a la fantasía del encuentro fortuito, una escena se planifica con semanas de antelación . Se eligen los compañeros, se coordina el equipo técnico y se firman papeles. Sin embargo, lo más crítico sucede en la charla previa. Para Sol, la comunicación de los términos antes de la grabación es lo único que garantiza que el trabajo no se convierta en un problema.
“Es muy probable que si algo no te gusta y no lo decís, te incomodes o cambie tu energía, y por lo cual cambie toda la filmación”, explica Sol.
Recuerda con claridad el caso de un creador joven que se ofendió porque una compañera se sintió violentada ante una nalgada no pactada: “Tenés que tener un poco más de tacto porque no todas las personas reaccionan igual a algo violento; no sabés si esa persona alguna vez fue abusada o maltratada. Necesitás comunicarte porque trabajás con tu cuerpo , no estás sentada en una computadora pasando datos”.
Esta transparencia también aplica a las preferencias personales. Sol confiesa haber tenido conflictos por no aclarar estos puntos a tiempo : “Si vos me comunicás que no te gustan las chicas, seguramente yo puedo hacer muchas cosas que no tengan que ver con tocarte tanto o invadirte. Pero si no me lo decís y tengo que grabar con alguien que no tiene buena predisposición, seguramente piense que sos una boluda. Lo mejor es hablarlo antes para evitar problemas”.
En la Argentina, la industria se mueve en una zona gris . Mientras que en Estados Unidos existen entes que verifican la salud de los actores, aquí la privacidad juega en contra de la seguridad. Peterson señala que las leyes locales prohíben conocer fehacientemente el estado de salud de un tercero, lo que vuelve el trabajo sexual riesgoso. “Nos presentamos estudios, pero con la IA y el Photoshop hoy se pueden truchar”, denunció.
Sol se realiza exámenes cada 15 ó 30 días cuando está activa , pero lamenta la falta de protección estatal y la informalidad del medio. “Acá lo único que quiere el Gobierno es cobrarnos los impuestos de lo que hacemos virtualmente, pero no hay ninguna ley que nos proteja ni proyectos de ley para nuestro trabajo”.
Al ser consultada sobre si la Argentina puede alcanzar el nivel de producción norteamericano, Sol es escéptica. Considera que el mercado local está “en un pantano” debido a la falta de unión entre compañeros, la ausencia de normas claras y un estigma internacional que afecta los ingresos. “En las plataformas free no nos consideran bien; si ven que sos de Argentina, no vas a ganar nada ”, sentencia.
Su propuesta para cambiar esto es ambiciosa: formar una ONG que unifique a los creadores más sólidos y con más trayectoria para promover leyes y profesionalizar la actividad. “ Necesitamos hacernos escuchar , formar proyectos de leyes que acompañen nuestro trabajo sexual. Eso va a hacer que un día la industria crezca. Hoy no creo”.
Al terminar el día, Sol Peterson vuelve a ser la mujer que se siente “fría” ante la cámara pero apasionada por su negocio. En una sociedad que define como machista e hipócrita, ella sigue eligiendo producir su propio contenido , consciente de que en la Argentina, el “detrás de escena” es un terreno hostil donde conocer los propios límites es la única herramienta de supervivencia.
Fuente:
TN
GENERAL JUAN MADARIAGA El Tiempo

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