
Hay personas desconfiadas que a simple vista pueden parecer frías, pesimistas o difíciles de tratar. Sin embargo, la psicología sugiere mirar más allá de lo superficial y asegura que ese sentimiento no siempre es un defecto, sino que funciona como una estrategia de protección que se activa en la infancia .
Durante la infancia, los vínculos con los cuidadores y el entorno son clave para definir cómo una persona percibe el mundo.
Cuando hay inestabilidad, promesas incumplidas, críticas constantes o falta de contención emocional , el cerebro aprende a estar en alerta. Esa alerta, con el tiempo, se transforma en desconfianza. Es una forma de protegerse y pesar “si no confío, no me lastiman”.
En la vida adulta, este mecanismo de defensa puede aparecer de muchas maneras:
Aunque estas conductas pueden generar conflictos, en realidad cumplen una función: evitar volver a experimentar situaciones dolorosas.
Desde esta perspectiva, la desconfianza no es simplemente una actitud negativa, sino una estrategia aprendida . En su momento, fue útil para adaptarse a un entorno que no era seguro o predecible.
El problema aparece cuando, en la adultez, esa defensa se vuelve un límite, sobre todo en los vínculos personales, laborales o afectivos.
Sí, pero no se trata de “dejar de desconfiar” de un día para el otro. El primer paso es entender de dónde viene ese comportamiento.
Reconocer que la desconfianza tiene un origen es el primer paso para transformarla y construir vínculos más sanos.
Fuente:
TN
GENERAL JUAN MADARIAGA El Tiempo

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