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Criar chicos empáticos: una propuesta educativa para una convivencia sin violencia


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Ponerse en los zapatos del otro. Esa habilidad de comprender la situación o el momento por el que alguien está pasando fue desde siempre una llave para abrir la puerta de la convivencia. En tiempos de vértigo e individualismo, ¿hay forma de enseñar que la empatía es lo que nos garantiza un camino con menos espinas?

A fin del año pasado, el diputado provincial Emanuel Fugazzotto impulsó un proyecto para incorporar la protección animal en la currícula escolar de Mendoza, desde el nivel inicial hasta el secundario. Busca no solo fomentar la tenencia responsable de mascotas y prevenir problemas de salud pública, sino también trabajar sobre la idea de que formar en la empatía hacia los animales ayuda a prevenir la violencia en la sociedad .

Fugazzotto sostuvo que el maltrato a los animales es el “primer síntoma de alarma”: quienes ejercen violencia hacia ellos suelen trasladarla luego hacia las personas .

El proyecto cuestiona que la educación actual se enfoca demasiado en materias tradicionales, y poco en las demandas reales de la convivencia . Por eso, más allá de proponer que la escuela ayude a los niños y niñas a conectar con los seres vivos que los rodean, sugiere que los estudiantes secundarios realicen prácticas comunitarias en refugios u organizaciones de protección animal para tener experiencias reales de compromiso .

Además, impulsa la creación de una Red Provincial de Docentes para la Protección y el Bienestar Animal con el fin de elaborar material didáctico y capacitar a los educadores de forma permanente.

Carina Kaplan , doctora en Educación por la Universidad de Buenos Aires (UBA) y magíster en Ciencias Sociales con mención en Educación por FLACSO, recoge el guante de esta idea en su libro Educar en la empatía. ¿Cómo aprender a ponerse en el lugar del otro? (Paidós, 2026).

La experta, también profesora titular de Sociología de la Educación en la UNLP e investigadora principal del CONICET, plantea que la empatía es un sentimiento que surge a partir de una construcción.

“Se desarrolla a lo largo de toda nuestra vida y especialmente en la familia y en la escuela. No se nace empático, sino que es una emoción que se aprende en la convivencia . Significa registrar , por ejemplo, el daño que se produce a un compañero mediante una burla, un apodo o una humillación”.

Pero, ¿cómo promover vínculos solidarios? “La pedagogía amorosa es un elemento central para que los niños sientan a la escuela como un lugar hospitalario. El trabajo con las emociones en las aulas abre un camino a la responsabilidad de estar juntos para lograr un efecto protector . Somos seres interdependientes y necesitamos de la aprobación de los otros. Y la ternura es uno de los nombres del amor ”, señala.

En ese sentido, hay un rol clave de los educadores para convertir cada salón de clases en un lugar empático. “El niño pequeño aprende a apreciarse a sí mismo (o a autodespreciarse) especialmente a través de los ojos del maestro. La mirada amorosa del maestro fortalece su autorrespeto . Ya de adolescente le va a interesar más lograr la aceptación de sus pares generacionales, pero es innegable que la mirada del adulto de la escuela siempre es poderosa en ese frágil proceso que es el de constituir la identidad”, advierte la experta.

Kaplan sostiene que no existen violencias “suaves” , ya que el lenguaje cotidiano en la escuela puede ser tan dañino como un golpe físico. “Interrumpir las microviolencias cotidianas del territorio escolar y reducir sus consecuencias interpersonales dolorosas requiere explorar en el mundo de las emociones. Necesitamos conocer y comprender las raíces profundas de la afectividad estudiantil: qué y cómo sienten, qué silencian, qué los angustia y qué los moviliza. El foco -dice- es la conciencia emocional, el aprender a sentirse afectados ante lo que el otro vive ”.

Marian Rojas Estapé, psiquiatra española, afirmó recientemente que educar en la empatía y el respeto “no solo ayuda a los niños a crecer en entornos más seguros, sino que también fortalece su autoestima, mejora sus relaciones sociales y les da herramientas para afrontar la vida con resiliencia’’.

Para lograrlo, recomendó predicar con el ejemplo y validar sus emociones . “Los niños aprenden más de lo que ven que de lo que oyen. Hay que enseñarles a reconocer lo que sienten y darles espacio para expresarlo. También es importante fomentar el compañerismo y celebrar los gestos de ayuda y colaboración, no solo los logros individuales; enseñar a pedir perdón y a reparar cuando hacen algún daño; hablar sobre la importancia de cuidar al que es diferente; jamás reírse de las burlas; cultivar la gratitud, valorar lo que se tiene y agradecer los gestos de los demás”.

Justamente sobre ese punto de los logros personales, Kaplan cuestiona en su libro la idea de la felicidad individual por sobre la grupal. La pregunta es cómo puede un docente fomentar la “felicidad colectiva” en un aula donde los estudiantes están bombardeados por el mandato de éxito individual de las redes sociales .

La especialista responde que es un gran desafío porque “vivimos en sociedades donde se intenta imponer el discurso de que debemos mostrarnos ante los demás siempre positivos. El mercado emocional nos demanda hacernos ver en público felices (o al menos no padecientes) aunque estemos atravesando íntimamente un profundo malestar”.

Es por eso que habla de una “escuela sensible” en la que se construyan emociones públicas (solidaridad, fraternidad, respeto) “bajo gestos y rituales de cooperación y no de competencia que pueden hacer contrapeso frente a las exigencias del exitismo individual”.

Conversar de sentimientos en la escuela tiene un sentido transformador . ¿Por qué excluyen a ese niño de su grupo? ¿Por qué lo humillan los pares generacionales considerándolo inferior? ¿Cómo se sentirían si estuvieran en ese lugar? Estos disparadores que puede plantear un docente sirven para construir diálogos de cultura afectiva y cuidado mutuo.

Como otras herramientas, menciona desde la lectura de cuentos, los diarios escolares, los análisis de películas, la filmación de videos de ficción o que recreen situaciones reales hasta los textos teatrales . “Son recursos culturales útiles para desaprender el odio” , resume Kaplan. La educación de la sensibilidad puede funcionar como antídoto frente a la crueldad .

Si bien no se puede vivir en primera persona el dolor de otros, sí se puede educar para aprender a conmoverse por lo que aqueja a los demás y generar una actitud solidaria.

Es que la empatía no se limita a conocer lo que le sucede al de al lado: implica participar e involucrarse . Y ningún lugar mejor que la escuela para ejercitar esas acciones.


Fuente: TN


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