A sus 87 años, Marina espera dos cosas con la ansiedad intacta de la juventud: el sonido del ascensor y el tono de una videollamada. Su hija vive en España y cada encuentro —virtual o presencial— es una fiesta íntima . “Es muy emotivo, se disfruta mucho”, cuenta a TN .
Cuando la distancia no permite abrazos, la tecnología se vuelve puente . Habla con su hija, con su nieta y sonríe incansablemente frente a la pantalla.
Pero hay un recuerdo que no necesita wifi: su marido , a quien conoció en Córdoba y con quien construyó una vida “simple, pero maravillosa”. Todavía, dice, lo siente cerca. Y ahí también aparecen las mariposas .
Se conocieron entre cumpleaños de quince y miradas repetidas. Vivían cerca, pero tardaron en descubrirse . Cuando finalmente lo hicieron, el vínculo avanzó al ritmo de los bailes de época. Hoy, décadas después, siguen sentados juntos en el patio de la residencia Hirsch , en San Miguel.
Miguel todavía evoca la entrada de Olga a la iglesia: el vestido cosido por la madre, el pasillo cubierto de pétalos y esa certeza silenciosa de que empezaba otra vida . “Sentí que comenzaba una nueva etapa”, resume.
Ella también guarda la escena intacta: las monjas decorando la capilla y sus alumnos pequeños mirándola como si fuera un cuento . Cuando recuerdan su boda, admiten, vuelven a sentir mariposas.
Luis María Zanetti —“Toto”, desde que tenía meses— fue marino y pasó gran parte de su vida navegando . En casa era casi un visitante ilustre: llegaba y todo se revolucionaba. Hoy, a los 97, la revolución ocurre en silencio.
Las mariposas aparecen antes de que el bisnieto toque sus brazos . “Llegan antes de que pase”, describe. Viudo hace poco tiempo, aprendió algo nuevo sobre el amor: no es solo querer, es dar sin obligación . Después de seis hijos, 19 nietos y 14 bisnietos, descubrió que el corazón sigue ensayando primeras veces.
José sonríe como quien guarda un secreto elegante. La historia ocurre en un barco rumbo a Río de Janeiro y tiene acento extranjero. No da demasiados detalles —ni hace falta—: lo importante es el recuerdo de esa historia de amor que duró una noche en el mar .
Cada vez que piensa en eso, vuelve a sentir algo parecido a la juventud. No exactamente alegría ni tristeza, sino una emoción tibia que todavía lo sorprende . Dice que a veces dan ganas de llorar, pero igual sonríe. Porque hay memorias que no envejecen.
A los 76 años, Elena conserva un ritual previo a cada momento especial: maquillaje, perfume y una pausa frente al espejo . “Sentirme linda”, resume. Y en ese gesto cotidiano aparece el amor propio , ese que muchas veces se aprende tarde.
Entre charlas, amigos y encuentros dentro del hogar, descubrió que arreglarse no es vanidad sino expectativa. Prepararse es esperar algo bueno . Y cada vez que lo hace, siente un pequeño cosquilleo en el estómago. Todavía hay nervios antes de salir.
Paula tiene 56 años y una relación que sobrevive a la distancia . Se conocieron en el hogar y, aunque hoy viven separados, hablan todos los días. No hay promesas grandilocuentes: hay cariño constante .
Las mariposas aparecen cuando mira sus fotos . “Es muy romántico”, dice sin dudar. En un lugar donde muchos creen que el amor pertenece al pasado, ella demuestra lo contrario.
Diplomática de vida viajera, María José está a punto de cumplir 99 años . Entre todos sus recuerdos hay uno que sigue brillando: un balcón alto en Egipto, el sol cayendo sobre las pirámides y la sensación de estar viviendo algo irrepetible.
Dice que enamorarse lejos de casa fue complicado, pero también una aventura que la marcó para siempre. Hoy, con la visión disminuida , cada vez que imagina ese cielo naranja, revolotean miles de mariposas.
Fuente:
TN
GENERAL JUAN MADARIAGA El Tiempo

.jpg)

Redes