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El cadáver de Hitler: una investigación discute el suicidio y dice que el cuerpo está en Paraguay


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Durante décadas, el destino final de Adolf Hitler pareció sellado en el subsuelo de Berlín, entre bombas, humo y el colapso del Tercer Reich. Sin embargo, casi ochenta años después del final de la Segunda Guerra Mundial, la escena vuelve a discutirse. No desde un archivo militar ni desde un tribunal internacional, sino desde una investigación periodística argentina que reaviva una de las teorías más polémicas del siglo XX: la posibilidad de que Hitler no se haya suicidado en 1945 y que su cuerpo, lejos de Alemania, haya terminado enterrado en Paraguay.


La hipótesis es desarrollada por el periodista Abel Basti en su libro La tumba de Hitler, una obra que condensa más de treinta años de trabajo, entrevistas, documentos y pericias reunidas a partir de una inquietud que nació casi por azar. Basti no era, hasta mediados de los años noventa, un investigador del nazismo. Vivía en Bariloche y cubría temas generales cuando, en 1994, la detención del exoficial nazi Erich Priebke en esa ciudad lo puso frente a una realidad incómoda y cercana: la presencia concreta de jerarcas del Tercer Reich refugiados en la Argentina. A partir de ese caso, el periodista comenzó a reconstruir una red de silencios, complicidades y rutas de escape que, según su mirada, no se limitaron a figuras menores.


El núcleo de su planteo apunta al corazón del relato histórico aceptado. Basti sostiene que el suicidio de Hitler en el búnker de la Cancillería del Reich se apoya exclusivamente en testimonios de su círculo íntimo, todos nazis, que repitieron una versión uniforme en lo general pero plagada de contradicciones en los detalles. Horarios distintos, posiciones corporales incompatibles, versiones opuestas sobre si Hitler se disparó en la sien, en la boca o si Eva Braun murió envenenada o baleada. Para el autor, esas inconsistencias no son menores: forman parte de una puesta en escena diseñada para cerrar el capítulo y permitir una fuga.



El relato oficial afirma que los cuerpos fueron incinerados en una pira funeraria improvisada en los jardines de la Cancillería, bajo fuego enemigo, con cientos de litros de combustible. Sin embargo, Basti pone el foco en un dato clave: ni los soviéticos ni investigadores independientes hallaron rastros físicos compatibles con una cremación de esas características. No hubo tierra calcinada, restos de combustible ni señales claras de una hoguera de gran tamaño. Informes de inteligencia soviética, fechados pocos meses después del final de la guerra, reconocen la imposibilidad de verificar la quema de los cuerpos tal como fue narrada.


La investigación avanza entonces sobre una hipótesis inquietante: los cadáveres encontrados por los soviéticos no habrían sido los de Hitler y Eva Braun. El entierro superficial, en un sitio obvio y fácilmente localizable, habría tenido como objetivo confirmar ante el mundo una muerte que, en realidad, encubría una huida cuidadosamente planificada. En ese esquema, los submarinos alemanes que arribaron clandestinamente a Sudamérica tras el colapso nazi ocupan un rol central. Basti documenta testimonios, reportes navales y hallazgos en la costa argentina que refuerzan la idea de una vía de escape marítima.


Según su reconstrucción, Hitler habría pasado un tiempo en la Argentina, luego se habría trasladado a Brasil y finalmente habría sido enterrado en Paraguay, país que en aquellos años ofrecía condiciones propicias para el ocultamiento de figuras perseguidas. No se trata, en su visión, de un caso aislado: Paraguay fue refugio comprobado de criminales de guerra como Josef Mengele y Eduard Roschmann, y parte de una red sudamericana más amplia que incluyó a varios países de la región.



La tesis de Basti, sin embargo, convive con una posición diametralmente opuesta sostenida por la mayoría de los historiadores. Investigaciones como la de Hugh Trevor-Roper, los estudios forenses soviéticos y franceses, y el análisis de la dentadura de Hitler —reconocida por asistentes directos de su odontólogo— apuntan a confirmar su muerte en abril de 1945. En 2017, incluso, un estudio científico avaló que un fragmento de cráneo conservado en archivos rusos presentaba características compatibles con un disparo.


El propio mito de la fuga, recuerdan los especialistas, fue alimentado inicialmente por la Unión Soviética. Stalin sostuvo públicamente que Hitler podía estar vivo, una afirmación que le permitía justificar la ocupación de Berlín y mantener viva la amenaza nazi en el discurso político de posguerra. Con el tiempo, esas ambigüedades oficiales dejaron un terreno fértil para la especulación.


Entre documentos, testimonios cruzados y silencios de archivo, la figura de Hitler sigue proyectando sombras largas. Para algunos, la hipótesis de su escape es una construcción conspirativa que confunde deseos, errores y fantasías. Para otros, como Abel Basti, es una historia aún inconclusa, sostenida por grietas en el relato oficial que merecen ser revisadas. La pregunta, casi ocho décadas después, sigue intacta: ¿murió Hitler en Berlín o logró desaparecer en los márgenes del mundo?



La respuesta, como ocurre con los grandes enigmas históricos, parece dividirse entre la evidencia aceptada y la persistencia de la duda. Y en ese espacio ambiguo, donde conviven archivos, libros y teorías, el nombre de Hitler continúa generando debate, incomodidad y una fascinación que se resiste a desaparecer.


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GENERAL JUAN MADARIAGA El Tiempo