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El amor gay prohibido de Oscar Wilde por el que fue a la cárcel, perdió su dinero, su carrera y a sus hijos


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“Cada pecado que cometo lo pago con sufrimiento.”

A fines del siglo XIX, en plena Inglaterra victoriana, amar a quien no se debía no era solo un escándalo social: era un delito. El año era 1891 y el imperio británico se sostenía sobre una moral rígida, hipócrita y punitiva, donde la homosexualidad masculina podía llevar a la cárcel y arruinar una vida para siempre . En ese contexto de apariencias impecables y castigos ejemplares, Oscar Wilde —brillante, famoso e irreverente— se enamoró de Lord Alfred Douglas, un joven aristócrata que encarnaba todo lo que la sociedad prohibía y, al mismo tiempo, deseaba en secreto.

Wilde ya era un genio consagrado cuando conoció a Lord Alfred Douglas. Tenía fama, talento, ingenio y una inteligencia que deslumbraba a cualquiera que se sentara frente a él. Era el hombre más citado de Londres, el autor de obras celebradas y el dueño de una lengua filosa que no perdonaba a nadie . Pero también era un hombre dividido entre lo que era y lo que la sociedad le permitía ser. Todos llevamos dentro el cielo y el infierno, escribió alguna vez .

En el Londres de la década de 1890, Oscar no era solo un escritor: era un espectáculo en sí mismo. Se lo veía en los teatros, en cenas elegantes, en los salones donde se discutía arte y política. Vestía con extravagancia, hablaba con ironía, disfrutaba incomodar. Su ingenio era celebrado, pero también vigilado. Wilde jugaba con el límite entre la provocación y el escándalo , sin saber que ese mismo mundo que lo aplaudía estaba listo para castigarlo apenas cruzara la línea invisible.

Antes de ese amor, Oscar había llevado la vida que se esperaba de un hombre respetable de su tiempo. Se había casado con Constance Lloyd, con quien tuvo dos hijos, y durante años sostuvo una imagen pública acorde a la moral victoriana. Su matrimonio, sin embargo, fue apagándose con el tiempo, hasta convertirse más en una estructura social que en un vínculo amoroso. El encuentro con Douglas no solo lo enfrentó al deseo, sino también a la imposibilidad de seguir viviendo una vida que ya no le pertenecía . Reprimirse solo hace más evidente lo que se siente.

Lord Alfred Douglas —Bosie, como lo llamaban— era todo lo que Wilde no era: joven, aristócrata, caprichoso, bellísimo. Tenía apenas 21 años cuando apareció en la vida de Oscar, que entonces tenía 37 y ya era un escritor consagrado , y lo sacudió por completo. Entre ellos se encendió una pasión inmediata, intensa y desmedida. No fue solo deseo: fue admiración, dependencia, desafío. Wilde lo amó con una entrega absoluta; Bosie, con una mezcla de fascinación y crueldad.

Se conocieron en 1891, en Oxford, presentados por un amigo en común, el poeta Lionel Johnson. Oscar había ido a dar una conferencia y Bosie —estudiante, aristócrata, inquieto— quedó inmediatamente cautivado por ese hombre brillante que hablaba como si el mundo fuera un escenario diseñado a su medida. Wilde, a su vez, no tardó en notar a ese joven de belleza provocadora, con aire insolente y una mirada que parecía desafiarlo todo . No fue un encuentro discreto ni casual: fue una colisión.

Desde ese primer cruce comenzaron a verse con frecuencia. Caminatas interminables, cenas largas, viajes, conversaciones nocturnas donde la admiración intelectual se mezclaba con el deseo. Wilde lo llevaba a restaurantes, hoteles, teatros; Bosie lo empujaba hacia una vida cada vez más imprudente . Se miraban sin cuidado, se buscaban en público, se escribían cartas encendidas. En una sociedad obsesionada con las apariencias, ellos eligieron mostrarse . Y en ese gesto —tan íntimo como desafiante— empezó a escribirse una historia que no iba a terminar bien .

Bosie no era solo joven y bello. Era también impulsivo, volátil, caprichoso. Le gustaba provocar, gastar dinero que no tenía, desafiar a la autoridad y empujar los límites ajenos como si fueran propios. Admiraba a Wilde, pero también lo ponía a prueba. Le exigía atención constante, lo arrastraba a excesos, lo enfrentaba con su entorno . En esa relación desigual, Bosie reclamaba; Oscar concedía. Uno encendía el fuego, el otro se quemaba.

Para Wilde, amar a Bosie fue una forma de rendición. Lo protegía, lo justificaba, lo seguía incluso cuando intuía el peligro. Le escribía cartas desesperadas, le perdonaba ausencias y desplantes, lo sostenía económica y emocionalmente. El amor, para él, era absoluto . Para Bosie, en cambio, era también poder. Y en ese desbalance —tan intenso como inevitable— empezó a gestarse no solo una pasión arrolladora, sino también la tragedia que vendría después .

Con el paso del tiempo, Londres empezó a mirar distinto. Las miradas se demoraban más de lo habitual, los comentarios circulaban en voz baja, las invitaciones se volvieron más cautelosas. Nadie decía nada de manera directa, pero todo se entendía . En una sociedad entrenada para el disimulo, el silencio también era una forma de acusación. Wilde, acostumbrado a provocar, esta vez eligió no retroceder .

Vivieron una pasión sin prudencia. Se mostraban juntos, viajaban, se escribían cartas inflamadas, se rodeaban de excesos. En una época en la que la homosexualidad era un delito, ellos eligieron no esconderse. Y ese fue el principio del fin. El padre de Bosie, el Marqués de Queensberry, los persiguió con furia. Acusó a Wilde públicamente de “sodomita” y lo empujó a un juicio que cambiaría su vida para siempre .

Contra todo consejo, Oscar decidió demandarlo por difamación. Creyó que su prestigio lo protegería. Se equivocó. El juicio se volvió en su contra y terminó condenado por “indecencia grave” . Fue sentenciado a dos años de trabajos forzados. Pasó de los salones literarios a una celda húmeda, del aplauso al desprecio público. Perdió su dinero, su carrera, su salud y a sus hijos .

La cárcel fue su demolición. Wilde conoció el frío, el silencio, la rutina humillante, la soledad más absoluta . Acostumbrado a la conversación brillante y al reconocimiento, se encontró reducido a un número, privado de palabras y de belleza. Pero en ese despojo brutal comenzó también otra forma de lucidez. Separado de todo, empezó a mirarse a sí mismo sin máscaras .

Durante su encarcelamiento escribió “De Profundis”, una larga y desgarradora carta dirigida a Bosie. Allí no solo habló de amor, sino también de humillación, abandono y perdón . Fue el texto más íntimo que escribió en su vida . En esas páginas, el autor entendió que el sufrimiento también podía ser una forma de belleza y que el amor, incluso cuando destruye, deja una verdad imposible de borrar .

Al salir de prisión, ya no era el mismo. Arruinado y enfermo, se exilió en Francia. Volvió a ver a Douglas por un tiempo, incapaz de romper del todo ese lazo que lo había marcado. Pero la relación ya estaba quebrada . Bosie siguió su vida; Oscar quedó solo. Murió en París en 1900, a los 46 años, casi olvidado, pero fiel hasta el final a quien había sido .

Porque hay amores que no buscan durar, sino decir algo. El amor entre Wilde y Lord Alfred Douglas fue condenado, perseguido y castigado, pero nunca negado . Y en una época que exigía silencio, Oscar eligió el precio de la verdad. Pagó con su libertad, pero dejó al mundo una historia que aún hoy sigue incomodando, conmoviendo y recordándonos que amar también puede ser un acto de valentía .

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Amores Verdaderos es una serie de historias reales, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas.


Fuente: TN


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