Falta de agua, hacinamiento y solidaridad: Cómo se resiste la llegada del coronavirus en una de las villas más pobres del conurbano

“Esto es como 2001. Pero aquella vez no había enfermedades”. Las nubes negras de una tormenta se acercan desde el oeste y bloquean el sol del final del día. Son cerca de las cinco de la tarde y el cielo de Villa Itatí, uno de los barrios más pobres del conurbano bonaerense, se oscurece y la noche acelera su llegada. Algunos focos se encienden en los pasillos. Por contraste, la cara de Natalia Balbuena (37) se ilumina de un costado, del lado de la leña prendida fuego sobre la que hierven tres ollas de guiso en la vereda de su casa: pollo, papa y verduras se cocinan sumergidas en una salsa rojo pimentón. Es la cena de unas 300 personas del barrio.

En el desastre de 2001 -que llevó a este barrio a ser el de más alta tasa de crímenes en todo el país- Balbuena, a quien todos conocen como “Nachu”, recién había terminado el secundario y junto a su mamá abrieron la primera versión de “Abuela Eduarda”, uno de los comedores que actualmente, en medio de la crisis por el coronavirus, contienen y sostienen la emergencia social.

“El hambre es la misma que aquella vez, pero no había enfermedades. Y hoy tenemos coronavirus, y también mucho dengue y tuberculosis”, dice mientras a su lado un hombre revuelve los guisos con un palo y dos compañeras reciben los recipientes plásticos y anotan en una lista a cada persona que deja el suyo para llevarse un plato de comida.
Villa Itatí es un barrio popular ubicado en la localidad quilmeña de Don Bosco, casi en el límite con Wilde, Avellaneda. Creció emplazado alrededor de una cava en cuyo centro hay una laguna de agua negra en la que andan patos y otras aves por entre la basura atascada entre los yuyos de la orilla. Es un barrio de obreros de la construcción, personal doméstico o de limpieza, comerciantes de la propia villa y trabajadores informales: de cartoneros a artesanos.

El sector conocido como La Cava es, de hecho, el que muestra mayores niveles de miseria. Las casillas de chapa y las pequeñas construcciones de ladrillo hueco crecen a los bordes de los desechos que forman un anillo alrededor de la “laguna”. El 30% de este barrio está conformado por basurales, según el censo de 2018. En la zona de La Cava esa proporción aumenta considerablemente.
La villa se desborda sobre el Acceso Sudeste, una autopista inconclusa construida por la última dictadura militar que comienza (o termina) a pocos metros de allí y se conecta en Dock Sud con la Buenos Aires-La Plata. La elevación de ese camino conurbano hundió a Itatí y a la Villa Azul (del otro lado), literalmente.

Vivían 5.000 personas en 2010 pero en una década su población se triplicó. Ahora el barrio es habitado por más de 15 mil personas hacinadas en pequeñas casas, casillas o ranchos que conforman alrededor de 4.500 viviendas. De modo que la cuarentena en este barrio tiene otra modalidad que la de los barrios de clase media. Es imposible el aislamiento total. Las casas son pequeñas. Viven muchas personas en pocos metros cuadrados. Los patios de las casas son las calles o los pasillos o las pocas plazas.
“El abandono del barrio es de toda la vida. El año pasado hubo un presupuesto muy grande de mucha plata. Del Banco Mundial. Tuvimos muchas reuniones. Hicieron diagnóstico. Prometieron cloacas, pero nunca se empezó a hacer. Eran obras a largo plazo. Se puso luz en algunos lados y el intendente anterior (Martiniano Molina) construyó unos bebederos que recién empezaron a funcionar la semana pasada”, explica Patricia Pedroso, militante de la Corriente Clasista y Combativa (CCC), de 26 años.

El ex intendente Molina y Villa Itatí, justamente, quedaron en el ojo de la tormenta pública 10 meses atrás, cuando el chef y político aún era el jefe comunal y dijo que quería convertir a este barrio en un polo turístico como la favela Rocinha de Río de Janeiro.
 “Yo me acuerdo haber ido a la Rocinha hace muchos años como turista. La verdad que estuvo buenísimo”, dijo en aquel momento, lo que le valió críticas de diversos sectores, ya que ese barrio popular de Brasil es famoso por el dominio territorial y paraestatal que ejercen los clanes narcos.

Los 90 bebedereros que construyó el ex intendente que refiere la vecina fueron hechos con la intención de funcionar como las viejas canillas comunitarias que recuerdan los habitantes más antiguos. Y esto es porque no todas las casas de Villa Itatí tienen agua. Al menos el 16% de las viviendas no tienen acceso interior al agua. Según el Censo de Barrios Populares de 2018 hay 125 hogares que tienen que buscar el agua fuera de sus casas.
 José Mendoza tiene 28 años y tres hijos y una semana antes del decreto de la cuarentena total su patrón lo dejó sin trabajo. Era obrero de la construcción, cuenta con medio cuerpo hundido en la tierra, mientras palea para llegar al caño maestro que lleva el agua a los bebederos. Su idea es tomar agua de allí y subirla al tanque de agua de su casa, donde además de él, su esposa y sus hijos, viven sus dos suegros; ella casi ciega por la diabetes, una enfermedad muy común en este barrio y un riesgo extra con el COVID-19 dando vueltas.

Desde el pozo, José señala hacia el tanque de agua de su casa. “Me dura 10 horas. Lo cargo con baldes de 20 litros. Voy hasta una manguera que hay en la avenida y la traigo”, explica, transpirado. De su casa a la manguera hay 400 metros. Lo hace todos los días. Es eso o no tener agua para el baño y la cocina. Ni hablar para beber. “Estamos viviendo con la IFE y la AUH. Con eso tiramos por ahora. Y no salimos de casa. Salgo solo yo”, dice.
A 20 metros de su casa vive Blas Benítez, de 55, imposibilitado de trabajar ya porque padece artritis en sus dos manos. Un hilito de agua que cae de una manguera verde llena los baldes en la entrada de su casa con los que él y Tita, su compañera, se bañarán, lavarán y cocinarán.

“Toda la vida el tema del agua fue así acá. En el verano es peor. A veces no puedo limpiar las cosas porque no hay agua”, cuenta Blas, que se levanta a las 5 am para juntarla en los baldes porque hay mejor presión. Benítez es insulino dependiente y, producto de la dificultad en sus manos, no puede trabajar. “No tengo ingresos para nada. Me iba a la feria a pedir ayuda, algo de comida, pero ahora ni feria hay”, se lamenta.
Días atrás la Municipalidad de Quilmes, territorio gobernado por Mayra Mendoza, del Frente de Todos, anunció el “Refuerzo Avellaneda, un refuerzo de la red primaria de agua potable para Bernal y Villa Itatí" que se supone que, una vez terminado, dentro de seis meses, llevará presión de agua y mayor caudal hasta las puertas de Itatí. Pero no a las casas, por ahora.

“Restaría hacer un proyecto de red secundaria para que cada vecino y vecina tenga su conexión domiciliaria y no tenga que acudir a una red de canillas comunitarias. Eso se está trabajando junto con el Organismo Provincial de Integración Social y Urbana (OPISU) y AySA", explicaron a este medio desde la Comuna.
Las dificultades para acceder al agua en el barrio más pobre de Quilmes, una ciudad con 167 casos confirmados, 5 muertes y 1.866 sospechosos por COVID-19 son una debilidad atroz en el combate y resistencia para que el virus no se expanda aquí, donde ya se hicieron dos operativos DetectAr con los gobiernos local y nacional.

Los comedores y las organizaciones sociales sostienen desde adentro la crisis que el coronavirus provocó en un territorio de por sí marginado desde hace décadas entre las prioridades de los sucesivos gobiernos municipales (Quilmes sólo reeligió una vez a un intendente; fue Francisco Gutiérrez en 2011-2015).
La falta de trabajo formal e informal de los vecinos de Villa Itatí repercutió en los comedores y centros comunitarios. En la sede de la CCC pasaron de cocinar 180 raciones a 300. Albañiles sin obras, domésticas sin casas, feriantes sin ferias, y carros parados por el decreto de aislamiento y la reducción de cartones y basura en las calles de clase media y zonas fabriles.

“Pegó fuerte la pandemia. En algunos sectores que veníamos haciendo trabajo comunitario nos cambió mucho. Cortar las actividades fue fuerte. Y vienen muchos más a buscar la comida”, cuenta Cristian Salinas, 26 años, referente del Centro Comunitario la Casita de la Cava, fundado en 1996. Aquí, además de comida se ofrece contención. Los jóvenes pasan en la “Ludoteca” las tardes y las noches con talleres y juegos. Una forma de sacarlos de los vicios que afloran en los pasillos de la villa.
La ludoteca, de hecho, se llama “Luciérnagas en la Noche”. Cristian, a quien todos conocen como Charly, explica que las “luciérnagas” son los encendedores de los pibes cuando fuman pasta base. “Cambió el ritmo del barrio, los pibes siguen viniendo, pero solo a buscar la merienda o la cena. En la villa hay mucho laburo informal y cuesta. Para muchos es difícil conseguir barbijos o alcohol en gel”, comenta y agrega: “El Estado está, pero siempre hay algo que falta. El Municipio entrega mercadería, pero no está alcanzando”.

El guiso en la vereda del comedor Abuela Eduarda entra en su fase de cocción final y la fila de vecinos comienza a estirarse. De fondo los relámpagos intimidan y las nubes oscuras parecen una nave de la Guerra de las Galaxias. Los perros de Nachu reciben el cariño de los vecinos que esperan su ración con las caras tapadas por los barbijos. Mañana de mañana la fila se repetirá, con menos gente, pero con un indicio claro, según advierte Natalia: “Cuando empezó la cuarentena agregamos desayuno. Empezaron viniendo 20 ahora son 45”.
Conforme avanza el virus sobre la Provincia de Buenos Aires, el mate de la tarde en la vereda entre los vecinos de Villa Itatí empieza a ser una tradición en extinción. Los cuidados se intensifican, pero el límite lo impone la realidad.

Los barrios populares son el hilo más fino por donde se corta todo: la desidia del Estado, el desinterés de los que más tienen por la vida miserable de los que menos. Sobre la pared donde muchos vecinos como Blas y José van a buscar el agua a una manera una pared dice “Un barrio que lucha es un barrio que se escucha”.
La lucha de las villas argentinas es un grito que normalmente se oye poco fuera de sus fronteras. "Esto es una red y acá nos organizamos para sobrevivir. Es muy doloroso el tema. Siempre estamos expuestos. Pero con la ayuda de Dios y las precauciones vamos a estar bien”, dice Natalia. El guiso está casi listo. La salsa roja pimentón invade con su perfume toda la cuadra.


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