
A simple vista, una persona que siempre señala a los demás como responsables de todo puede parecer soberbia, manipuladora o directamente egoísta . Pero la psicología propone una lectura un poco más compleja. Dice que detrás de esa costumbre de culpar al otro existe una forma torpe y defensiva de protegerse de emociones que resultan difíciles de tolerar .
Eso no quiere decir que el comportamiento deje de ser dañino. Quien convive con alguien que nunca asume su parte suele sentirse injustamente tratado, manipulado o agotado . Pero entender lo que hay detrás ayuda a ver que hay una mezcla de inseguridad, inmadurez emocional y poca capacidad para enfrentar el malestar propio.
Desde esta mirada, culpar a otros funciona muchas veces como un mecanismo de defensa. En lugar de registrar con claridad “me equivoqué”, “me da vergüenza”, “tengo miedo” o “no sé cómo reparar esto”, la persona desplaza el problema afuera .
Así reduce momentáneamente el impacto emocional de reconocer una falla propia. El alivio es rápido, pero también muy engañoso, porque a largo plazo impide aprender, crecer y construir relaciones más honestas.
En ese patrón suelen aparecer cinco miedos bastante claros, aunque no siempre se vean de entrada. El primero es el miedo a la culpa . Para algunas personas, reconocer un error es como una carga insoportable. Entonces culpar a otro funciona como una manera de no entrar en contacto con esa incomodidad.
El segundo es el miedo a la vergüenza . Aceptar una equivocación implica aceptar una imperfección, y eso puede resultar muy amenazante para alguien con autoestima frágil. En ese caso, el problema es que no soporta sentirse insuficiente.
El tercero es el miedo al castigo o a las consecuencias . Este rasgo se ve muy claro en la infancia, cuando muchos chicos culpan a otro para evitar una reprimenda. Si ese mecanismo no se supera en la adultez, la lógica sigue siendo parecida: desviar la responsabilidad para no pagar el costo de los propios actos.
El cuarto es el miedo al rechazo o a perder valor ante los demás . Algunas personas viven el error como una amenaza directa a su imagen. Sienten que si admiten una falla van a dejar de ser queridas, admiradas o respetadas. Entonces se defienden atacando, acusando o negando, antes de exponerse a esa posible herida narcisista.
Y el quinto es el miedo a enfrentar emociones dolorosas , como la ansiedad, la frustración o recuerdos ligados a experiencias traumáticas. En estos casos, evitar la responsabilidad es una forma desadaptativa de no entrar en contacto con un malestar interno que la persona no sabe procesar.
Por eso, además de la proyección, suelen aparecer otros mecanismos: la negación, el ataque o la evitación . Todos cumplen una función parecida que es la de alejar del centro lo que duele demasiado. El problema es que esa estrategia puede servir un rato, pero termina volviéndose un obstáculo enorme para la vida emocional.
La salida, según los enfoques psicológicos , no pasa tanto por hundirse en la culpa como por aprender a distinguir entre culpa y responsabilidad. La culpa suele dejar a la persona atrapada en el pasado. La responsabilidad, en cambio, permite reconocer lo que pasó y hacerse cargo de lo que viene .
Fuente:
TN
GENERAL JUAN MADARIAGA El Tiempo

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